Por: Piedad Bonnett

Ese breve no sé

Al recibir el nobel, la poeta polaca Wislawa Szymborska habló contra “los torturadores, dictadores, fanáticos y demagogos”, porque detrás de sus consignas se adivina que ellos saben.

“Saben, y aquello que conocen es suficiente para ellos por siempre. No quieren descubrir nada más, pues esto podría disminuir la fuerza de sus argumentos”. Y reivindicó “ese breve no sé”: “Expande nuestras vidas para incluir nuevos espacios en nosotros, tanto como aquellas extensiones exteriores en las que nuestro diminuto planeta Tierra está suspendido. Si Isaac Newton no se hubiera dicho nunca a sí mismo no sé, las manzanas en su pequeño huerto podrían haber caído como granizo y él se habría detenido para recogerlas y degustarlas”.

Del no sé se desprenden la imaginación y el riesgo, y también la filosofía, la literatura y la ciencia. “Los poetas, si son genuinos, deben permanecer repitiendo no sé”, dice Szymborska. Por eso, todo fracaso nacido del deseo de conocer es relativo, y se descacha Julio César Londoño en su columna sobre el aterrizaje del módulo Philae sobre el cometa 67P cuando dice que es “… el proyecto de 20 naciones europeas que hicieron vaca con sus flacos bolsillos para hacer un oso monumental, internacional e interestelar”. Julio César, un escritor apasionado por la ciencia, se burla de los científicos que esperando encontrar una superficie blanda se toparon con la dura roca, “la materia que forma el núcleo de los cometas, como lo sabe hasta el menos agudo de mis hijos”. Yo no sé, porque soy menos aguda aún que los metafóricos hijos de Londoño, si la superficie de todos los cometas es ”durísima como el hielo”, pero no creo que detrás de diez años de sudores de los científicos exista un error tan elemental. Lo que sí sé es que el avance de la ciencia se alimenta de todo tipo de fracasos (relativos siempre), y que estos, por risibles que nos parezcan, tienen un ribete dramático. Y también poético. Lo sabía Borges —un autor que Julio César Londoño conoce de memoria— que escribió cuentos y poemas sobre algunos de esos monumentales fracasos, y que afirmó que “la victoria tiene una dignidad que la derrota no conoce”.

Tiendo a identificarme, más bien, con el astronauta canadiense Chris Hatfield, citado por el astrofísico Juan Diego Soler: “No pongan mucho énfasis en la falla; es hermoso donde estamos”. Ser bienpensante, sin embargo, o hablar desde lo que la bobalicona literatura de autoayuda llama “espíritu positivo”, no es bien visto por los intelectuales. Lo sabe bien Londoño, un escritor inteligente, ingenioso, mordaz, que aspira a la originalidad, una virtud de la que descreía Borges. Por eso, a la muerte de Álvaro Mutis, lo que se le ocurrió fue escribir una columna señalando que ese escritor no es el gran narrador que la gente cree. Un juicio bien argumentado, que comparto, aunque el momento de decirlo fuera impertinente Pero a muchos colombianos les gusta la impertinencia, sobre todo cuando va acompañada de alguna perversidad. Lo prueba el hecho de que con ella acaba de ganar el Premio Simón Bolivar de Crítica. De la magnífica poesía de Mutis, Julio César no opina mucho, pues según él son otros los que de eso saben. Lo que no creo que ignore es que el espíritu de la ciencia está lleno de poesía.

 

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