Por: Daniel Emilio Rojas Castro

Ese "Popeye" que llevamos dentro

Si cada latinoamericano tiene un indio agazapado en el corazón, como solía mencionar Germán Arciniegas, también hay que admitir que cada colombiano tiene un mafioso en algún lugar entre el pecho y la cabeza. Y ese traquetito que todos llevamos dentro explica, entre otras cosas, que sigamos admirando estúpidamente tanto a John Jairo Velásquez, alias Popeye, como a muchos otros seguidores del Centro Democrático que proponen sangre y fuego para pacificar un país entregado a los homosexuales y al comunismo internacional…

Porque la fuerza del traqueto gana más votos que los llamados a la cordura y a la moderación; porque el desfile de camionetas de vidrios polarizados, y de motos y de escoltas, atestigua que nuestra idea del poder no pasa por el respeto del bien público sino por la intimidación; porque, en fin, las ideas políticas que no se defienden con griterías y escopetas no tienen ninguna validez ante la palestra pública colombiana, y si la tienen, se ahoga entre el bochinche y los insultos. Las esperanzas de la paz se están desvaneciendo en una Colombia que continúa aceptando sin el más mínimo cuestionamiento a mafiosos, matones y ultramontanos como parte de la fauna natural… nuestros arranques, como decía Fidel Cano Isaza al recordar la acción del poder judicial frente al narcotráfico, quedan, de un día para otro, paralizados frente a la atracción del hampa todoterreno que pulula en las calles y en los pasillos del Congreso.

¿Qué responsabilidad tenemos en la reproducción de la violencia si admiramos al "general de la mafia", como se autodenomina Velásquez? Las culturas orgánicas de la violencia no existen, pero al ver las decenas de imágenes de quienes posan para tomarse fotos con Velásquez, o las miradas de admiración de los comensales del kilometro 18 que ven llegar a los matones cuatro por cuatro los viernes en la noche, empiezo a convencerme de que seguramente sí hay una estupidez endógena que alumbra a toda la fanaticada colombiana sin distinciones de estrato, religión o etnia.

¿Qué dirá Andrés Pastrana, secuestrado por Popeye, y ahora vehemente aliado del Centro Democrático, o Franciscos Santos, también secuestrado por el susodicho pero defenestrado a fortiori de la vida política nacional por el senador Álvaro Uribe? Es evidente que cuando no se tiene nada que decir es mejor callar. Pastrana y Santos corrieron con mucha más fuerte que Carlos Mauro Hoyos, o que Luis Carlos Galán, asesinado con el arma suministrada por el icónico comedor de espinacas.

El mensaje del Popeye arrepentido en YouTube y el del Centro democrático no son muy diferentes, como tampoco era diferente —lo recuerdo como si fuera ayer— el flamante paso de Jerónimo Uribe al atravesar la plazoleta Alberto Lleras de la Universidad de los Andes, rodeado de sus escoltas y de su ínfima neoencomienda de admiradores… Vuelvo al mensaje, sólo para que se tenga en cuenta que los contenidos son sospechosamente cercanos, máxime cuando no hay ninguna desaprobación del candidato Iván Duque sobre el apoyo del exsicario a su partido: "El Gobierno que hizo la paz es el adalid de la corrupción"; "¡ganó el NO!"; "el comunismo nos respira en la nuca"; "sicario profesional",  para cerrar con un conmovedor "homenaje al patrón", en el que Velásquez riega cerveza sobre la tumba de Escobar mientras recuerda los días felices del cartel de Medellín…

Privados del florecimiento económico y cultural que dejan las épocas de paz, la violencia nos confinó a nosotros mismos durante décadas. Hoy, la admiración por los matones y los extremos nos está impidiendo aprovechar la oportunidad única de construir una sociedad mejor. Decidamos bien de qué lado estamos, al menos para que cuando regrese la horrible noche tengamos la conciencia tranquila por no habernos arrodillado ante una banda de bribones.

 

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