Por: Juan David Zuloaga D.

Ese remoto Eco

Leía en la edición del veintidós de julio de este diario que el escritor italiano Umberto Eco pretendía volver a escribir su novela El nombre de la rosa; obra publicada en 1980.

Tan sólo tres décadas nos separan de ella. Muy poco, si se tiene en cuenta lo que perduran los libros; sobre todo, claro, los buenos libros. Y El nombre de la rosa —¿qué duda cabe?— lo es. Poco tiempo para un buen libro, decía, pero parece que el célebre semiólogo italiano no es del mismo parecer. Bien es cierto que cada libro envejece de manera distinta. Son muchas las variables —y muchas de ellas muy azarosas— que juegan en su contra. Hay libros que nos parecen escritos con tinta siempre fresca; otros deben acompañarse de citas aclaratorias y premios explicativos; algunos parecen condimentados con la sazón de otros tiempos o de culturas lejanas. Creo que no era el caso de la obra en cuestión de Eco y sin embargo leo consternado sobre la reescritura de la novela, como si de un añoso palimpsesto se tratase.

Pero más consternación que la noticia me causaron las razones o, mejor, los propósitos: “agilizar algunos trozos y refrescar el lenguaje”. Las razones, entonces, resulta fácil inferirlas: no es la obra la que ha envejecido; es el mundo el que en su deambular se ha hecho muy nuevo. Poco va quedando de esa civilización occidental que se gestó a lo largo de los últimos 30 siglos, días más, días menos; poco de su sabor mediterráneo, de su color grecolatino, casi nada de sus inquietudes filosóficas, nada de sus aspiraciones estéticas. Nos circunda el horror, nos circunvala la ignorancia, se cierne, amable lector, el inminente y negro ocaso. Caerá la noche. Allá los espíritus optimistas; a mí déjenme llorar mis lágrimas de dolor y de desconsuelo por lo que se fue, por lo que está muriendo...

Había algunos bastiones cuya entereza y cuya lucidez preservaban los viejos valores y los viejos saberes de Occidente. Uno de ellos, en Italia, se llamaba Umberto Eco. Pero ahora claudica. Claudica frente al tácito chantaje de las masas. Acaso alguna enrevesada semiótica lo ha conminado a tan desconcertante decisión.

Quizás no lea la nueva versión, pero puedo imaginármela. No se asesinan ya en el monasterio por procurar un libro perdido de la Poética de Aristóteles, ni ocurre la historia en la Inglaterra de Geoffrey Chaucer, ni traducen los monjes sabios tratados, ni son sometidos a cuodlibetos. No. Nada de eso. Todo muy complicado para el lector de hogaño. La historia sucede en nuestros días, en un internado, y los chicos buscan un libro perdido, por artes mágicas, de Paulo Coelho que se llama El alquimista y sus estudiantes presentan modestos exámenes, perdón tests, que nunca aprueban. Todo más sencillo, más fácil, menos profundo, más de nuestros días. Historia escrita no por ese remoto Eco que conocimos y cuyo fascinante canto seguía arrullando, poetizando; sino por una voz nueva, llana, actual. Poco va quedando del mundo en el que nacimos, ya casi ni libros; ni buenos libros, porque son muy difíciles, muy viejos, muy profundos. Morirán también los libros como mueren las esperanzas de un hombre, como mueren los días de una vida; y poco, entonces, quedará de la civilización; al menos de esa entrañable civilización occidental que hoy evoco; salvo, quizás, un remoto eco que atraviese los siglos.

 

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