Eso de… “vuelven las masacres”

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Si esas macabras figuras de carne, hueso y armas, que no almas, han vuelto, no ha sido por voluntad propia: las han convocado imperativamente a retomar su danza luctuosa de puñales y sangre; a sembrar de su mala simiente nuestros pueblos, campos y ciudades; a llevar, por unos y otras, el bárbaro teatro de la muerte y vestir con sus crespones negros nuestras vidas.

No es que hayan vuelto. Estaban aquí, acá, allá, agazapadas atisbando la presa a cazar y descuartizar en los cañaduzales y quebradas, en los potreros habilitados para jugar fútbol, en el parque del pueblo, en los caminos.

Esperando el santo y seña del incorpóreo comandante en jefe de sus escuadrones y brigadas, sus luces de bengala para lanzar el artero ataque en lo más alto de la noche; en lo más hondo y doliente de comunidades de colombianos con alma y sin armas; a mansalva de su mortal, inconfundible, señal de identidad de gentes del común: jóvenes, pobres, líderes sociales, exguerrilleros desmovilizados, indígenas.

Las masacres de cada día no las trajeron de vuelta, estaban emboscadas en las trincheras de un poder humano, omnímodo, llamado “fuerzas oscuras”; reposando en los albergues fúnebres de sus sanguinarias rutinas de 24 horas; aprendiendo con refinamiento y sevicia el artificio de la sangre, de la bala y la tortura; silbando la siniestra tonada de la próxima matanza, afilando sus cuchillos insaciables.

Porque no hay territorio ni día, en este país emboscado por las “fuerzas oscuras”, que pase sin teñirse de la sangre de masacres sistemáticas, planeadas y ejecutadas obedeciendo a una práctica criminal histórica, a un “modus operandi” y un libreto sustentados conceptualmente en un modelo, intereses y poder, igualmente fundados y soportados en lo ideológico y político como mecanismo de preservación y reproducción.

Cuál es ese poder y cuáles esos intereses que mueven las alas de la muerte de esas fuerzas del mal en Colombia, es la pregunta que ningún hechizo, ningún genio con lámpara ha podido responder para despojarlas de la aseguranza que las ha mantenido invisibles por décadas, intocables, ubicuas, oficiando sus aquelarres y ritos de sangre humana sin que poder alguno ose espantarlas, contenerlas, en su insaciable voracidad de Moloch exterminador.

Ni siquiera el más alto y poderoso de los poderes, el instaurado para velar, proteger la vida, honra y bienes de sus ciudadanos, el temible y acatado por todas las criaturas Leviatán. Sí, ni siquiera a este, en su advocación de Estado y “responsable de cuidar a sus ciudadanos de la cuna a la tumba”, le ha alcanzado la voluntad de dar con ese espíritu maligno que se hace nombrar “fuerzas oscuras”, al decir de connotados exorcistas y agoreros con micrófonos y sofisticados artilugios de escritura, que aventuran el predicamento semántico que uno es el otro y el otro es el mismo y uno y viceversa.

Entre llanto y llanto, no pasa día, noche o alba o mediodía o atardecer que no salpique a todos los colombianos, ¡a todos!, la sangre incontenible, doliente, de jóvenes, niños, exguerrilleros, indígenas y líderes sociales.

* Poeta.

@CristoGarciaTap

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