Por: Patricia Lara Salive

Esos 15 minutos que hacen la diferencia

A PROPÓSITO DEL DEBATE SOBRE EL proyecto de penalización de la dosis personal de droga, presentado por el Gobierno al Congreso, el cual gradúa de delincuentes a los aficionados a la bareta y al perico, tuve una interesante charla con el siquiatra José Posada, asesor en salud mental del Ministerio de Protección Social.

Me explicaba él que “los altos niveles de interacción familiar y de relaciones positivas” entre padres e hijos, la supervisión de aquellos hacia su prole y la seguridad que los niños tengan del cariño que sus progenitores sientan por ellos, están asociados con bajas posibilidades de que incurran en comportamientos violentos y caigan en la drogadicción y el alcoholismo que, en el caso de los hombres, es el principal problema de salud mental del país, así como la depresión mayor lo es en las colombianas en edad reproductiva.

 Pero los beneficios de las relaciones estrechas entre padres e hijos son aún mayores: quienes han gozado de ellas, tienen mejor salud física y mental, mayor auto estima, menos estrés emocional, son más optimistas y menos proclives al embarazo en la adolescencia. Por todo lo anterior, según Posada, el National Mental Health Information Center de Estados Unidos se inventó la campaña 15+, que promovía que los padres, a diario y sin interrupción,  dialogaran 15 minutos con sus hijos, sobre temas como sus necesidades, gustos, alegrías, temores, valores, anhelos, recuerdos, amores, de modo que conocieran más a sus niños y desarrollaran con ellos una mejor relación.

El impacto que esa campaña tuvo, según Posada, fue muy positivo en cuanto a disminución de la violencia y prevención de la drogadicción. ¿Qué tal si aquí, en lugar de pensar en seguir atiborrando las cárceles de enfermos que acaban graduados de delincuentes, sin serlo, desarrollamos, con la ayuda de los medios de comunicación, de los ministerios de Educación, Protección Social y de Comunicaciones y del Instituto de Bienestar Familiar, una campaña similar?

“Yo sé de alguien que lo ha hecho con su hijo y los resultados han sido notorios”, dice Posada, quien explica que ese muchacho ha mejorado en el colegio, en sus relaciones sociales y familiares y ha disminuido su timidez” . “Pero no es fácil hacerlo”, agrega.

 Y, en efecto, no lo es: por ejemplo yo le propuse a mi hijo adolescente que sacáramos esos 15 minutos diarios para conversar y, a pesar de que la idea le encantó, no siempre ha sido posible hacerlo, bien porque sus actividades se lo han impedido o bien porque las mías no han permitido que nuestros tiempos libres coincidan. Pero así no hayamos conseguido aún ese propósito, la alegría que a mi hijo le produjo el plan me hizo ver que el diálogo con los padres es una necesidad profunda de los hijos, incluso de los míos, con quienes creo que sostengo una magnífica relación.

Invito, pues, a todos los medios, comenzando por este querido periódico, a que emprendamos esa campaña y no descansemos hasta lograr que esos 15 minutos diarios de conversación entre padres e hijos se hayan vuelto una costumbre nacional.

Entonces habremos empezado a ahorrarnos miles de billones de pesos en construcción y mantenimiento de cárceles y de centros de rehabilitación de drogadictos, en compra de armas y municiones y en el sostenimiento de un enorme pie de fuerza. Pero, lo que es mucho más importante, habremos comenzado a ahorrarnos el dolor de enterrar a tantos muertos nuestros de violencia y de desamor.

 

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