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El viernes pasado, en la sede de la Comisión de la Verdad, 30 exintegrantes de siete grupos armados firmaron su “Compromiso con la vida, la paz y la reconciliación”, nombre que le dieron a este nuevo pacto en el cual se comprometen a ser líderes de la construcción de la paz en Colombia y cumplir a rajatabla los compromisos de no repetición tras la firma del Acuerdo de Paz.

Leo con lágrimas en los ojos la magnífica crónica de la periodista de este diario Laura Dulce Romero, en la que nos narra en palabras sencillas y coloquiales, salidas del corazón, cómo fue este proceso que se inició en febrero, en el que 30 excombatientes decidieron, acompañados por la Comisión de la Verdad, reunirse una vez al mes para “hilar las verdades que ellos consideran necesarias para esa paz que todos firmaron, pero que aún no llega a muchos territorios”.

El viernes pasado fue la firma, pero en febrero se reunían por primera vez en la historia de este país, después de 50 años de confrontaciones, exintegrantes de las Farc, Eln, Auc, M-19, Epl, Crs, para conocerse, mirarse de frente, darse la mano y sentarse para empezar a dialogar.

La mesa de trabajo se llamó Narrativas de Excombatientes, nos cuenta la periodista. También nos dice cómo fue ese primer encuentro entre quienes fueron enemigos acérrimos durante el conflicto. Las expectativas, temores, recelos, prevenciones. Incertidumbre de que las cosas se fueran a salir de madre. Vencer prejuicios, reconocer y reconocerse. Compartir historias terribles y trágicas que jamás debieron suceder, ideales y sueños rotos, degradación de los mismos con el pasar del tiempo, etc.

Retomo palabras de la periodista en su narración: “Quizá, lo más difícil del ejercicio que repitieron 10 veces en el año fue reconocer que ese otro que estaba en frente, que tanto se odió, tenía una historia parecida, una familia víctima, unos dolores indelebles. Que todos eran producto de esos males que aquejaban al país y que ellos decidieron combatir con las balas”.

Esta firma, este compromiso del viernes 15, a mi modo de ver es lo más importante que ha sucedido en Colombia. Los excombatientes nos acaban de dar una lección de dignidad, de humildad, de sabiduría. ¡Nunca más! Ese es el compromiso.

Da vergüenza patria que ellos, los “malos”, los “enemigos”, “los asesinos”, sí hayan sido capaces de mirarse de frente, darse la mano y sentarse a dialogar sin tapujos y reconocer la barbarie y empezar a trabajar unidos. Unidos por la PAZ.

Esto es algo que en Colombia los partidos políticos no han logrado hacer. Son los autollamados “buenos” los que llevan más de medio siglo incitándonos a odiarnos, a polarizarnos, a satanizarnos, disfrazando cada partido como la imagen redentora sin la cual no hay salvación.

Después de este ejemplo, es indigna e inaceptable esa pugna política que sigue alimentándonos de odio y sectarismos. Esta marcha del 21 debe ser pacífica. Respetada por el Gobierno. La ciudadanía, los trabajadores, los estudiantes, las mujeres, los artistas, los artesanos, los campesinos y las etnias tienen derecho a salir a las calles y expresar su descontento con un gobierno que no está concentrado, ni enterado de la realidad de su país, sino que sigue las órdenes de una minoría fundamentalista llena de rencores, odios, fanatismos e intereses personales. Una minoría que no está sintonizada con la paz ni la equidad. Tenemos el sagrado derecho de vivir en paz. Y son los victimarios los que han dado ese gran primer paso.

Posdata. Alfredo Molano, ¡tu largo peregrinar no ha sido en vano! Chapeau a la Comisión de la Verdad.

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