Por: Cartas de los lectores

Espejito, espejito

Vimos de lejos cómo una ciudad, un país entero se hundió bajo las garras de una peste negra moderna.

Desde la protección de nuestras pantallas vimos cómo se fue extendiendo la mano fantasmal a otros países, que hacían caso omiso de su poder.

Nos consolamos sabiendo que los que se morían no éramos nosotros, los jóvenes, los saludables. Nos consolamos pensando que la distancia ponía una barrera suficientemente grande entre los enfermos y nosotros. Como siempre, creyendo que la división es la solución a nuestros problemas.

Escuchamos el llanto y el llamado urgente a que se tomara con seriedad, mientras planeábamos nuestro próximo viaje, pues quién puede darse el lujo de preocuparse por lo intangible. Sin embargo, fuimos viendo cómo nuestros amigos extranjeros o los que creían serlo se escabulleron en sus casas y se sumaron al número de casos que veíamos en los noticieros.

Nos dimos cuenta de que dormíamos arropados por una frágil manta a la que llamábamos estabilidad, fundada en ilusiones de papel y aseguranzas de porcelana.

Crecimos en un mundo enfermo en donde creemos que la plata garantiza la vida y que tener contactos te da prioridad en asuntos donde se aboga por la igualdad; en donde predomina el no importa quién se muera, si el que se muere no soy yo.

Vivimos en una sociedad podrida, maloliente, de hecho, repugnante, donde nadie se fija en el otro porque están muy ocupados fijándose en ellos mismos. Andamos con los ojos blindados, de avión en avión, buscando el evento más notorio, el contrato más grueso y la rumba más buena.

Hicimos rendir el tiempo sin vivirlo. Por eso dicen que el tiempo pasa volando, pues nos empeñamos en anestesiarnos para no sentirlo, cada día como el anterior, en una rutina de ocupación sin fin.

Llenamos el vacío con trabajos que aportan a nuestra billetera, creyendo erradamente que esa misma llenaría nuestros corazones.

Y entonces los devotos se sentaron a reflexionar, cuando las iglesias cerraron sus puertas. Pues ir a misa no hace a un católico, ni la confesión de los pecados a un santo.

Y los estudiantes volvieron a sus casas, a vivir bajo las reglas de sus padres una vez más. Aprendieron a amarse otra vez, ajenos a la unión que se había perdido después de cantar su independencia.

Y los altos ejecutivos entendieron que su puesto no estaba grabado en cemento y que el dinero en la cuenta de ahorros volaba rápido en Nueva York.

Y encerrado en esta casa te puedes esconder del caos que hay afuera, pero no del que hay adentro. No puedes huir de los altercados familiares, ni distraerte de la tristeza que hay en ti, no puedes fingir que todo está bien porque nadie te está mirando. Frente al espejo te ves completamente desnudo, exponiendo el alma a la cual tanto trataste de proteger con ropa, maquillaje y manierismos superficiales.

¿A quién ves reflejado?

Laura Turbay

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2020-04-07T00:00:05-05:00

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2020-04-10T09:25:36-05:00

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Espejito, espejito

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