Por: Alfredo Molano Bravo

Espejo chiquito

Con un estrecho margen a su favor fueron elegidos presidente y vicepresidente de El Salvador dos excomandantes guerrilleros del Frente Farabundo Martí, FMLN, Salvador Sánchez Cerén y Oscar Ortiz Ascencio. Como era de suponer, el partido derrotado, Arena, tardó en reconocer el triunfo.

El partido Arena se constituyó en el brazo político de los Escuadrones de la muerte, fundados por militares y financiados por empresarios. Asesinaron a miles de ciudadanos, incluyendo a monseñor Romero y a siete jesuitas defensores de los Derechos Humanos.

El Salvador es nuestro espejo chiquito: país cafetero donde los militares han tenido siempre un enorme poder y donde pululan las reinas de belleza. Y para ajustar, sufrió un conflicto armado que dejó 75.000 muertos. La guerra, el hambre, el terror obligaron a más de dos millones de salvadoreños a emigrar principalmente a EE.UU.

Firmada la paz en 1992, el partido Arena dominó la vida política y económica. Los desmovilizados fueron rechazados en las empresas y en el ejército a pesar de que su admisión fue parte del acuerdo. Sin lugar a dudas se trató de una estrategia política de Arena para mantener la zozobra e incrementar el suculento presupuesto militar.La alianza entre la fuerza pública y el Arena ha sido proverbial. Hoy hay 70.000 maras en las calles. Entre el 1 de enero y el 15 de febrero de este año se han contabilizado 365 asesinatos.

Es más o menos lo que pasa en Buenaventura: después de las fotos de los capos con Luis Carlos Restrepo entregando armas hechizas, se botó a los reinsertados a rebuscarse con una moto, una pistola y un celular. El resultado es el que conocemos: una ciudad sitiada por el hambre, la droga, las armas de todo tipo y las grandes inversiones. En la última década ha habido más de 6.000 homicidios en el puerto.

El panorama hace pensar en nuestra esquiva paz. Esta vez no puede volver a pasar lo que pasó en los llanos Orientales con los 10.000 hombres que le entregaron las armas a Rojas en 1953 a cambio de un azadón; ni lo que sucedió a muchos de los guerrilleros del Epl que terminaron bajo el mando de Carlos Castaño o del general Rito Alejo del Río. Esta vez, la historia no puede repetirse.

A los exguerrilleros de las Farc del Eln o de los restos del Epl, el Estado debe garantizarles empleo y seguridad. La mayoría son campesinos que podrían volver a trabajar el campo, pero no como empleados de los palmicultores o de los cañeros, como quiere el ministro Lizarralde, sino como propietarios libres en las Zonas de Reserva Campesina. Es allí donde pueden acceder a una vida digna, integrarse a la economía y conservar sin armas su fuerza política. Ojalá el ministro de Defensa no se inspire en la estrategia de Roberto d’Aubuisson, el fundador de Arena: desarmarlos para liquidarlos.

Adenda, como escribe Ramiro Bejarano: La renuncia de Pinzón y de Lizarralde facilitarían las negociaciones de La Habana y le quitarían votos a Peñalosa.

 

 

 

 

483752

2014-03-29T22:00:00-05:00

column

2014-03-29T22:00:24-05:00

none

Espejo chiquito

15

3087

3102

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Alfredo Molano Bravo

Mientras regreso…

Desparchados y encombados

El “Alfonso Cano” que conocí

Delito de hambre

¿Y ahora qué?