Por: Alfredo Molano Bravo

Esperanza

Tengo que decir con franqueza que Petro goza de un carisma esquivo o, para decirlo de otra manera, no es un pozo de simpatía personal.

Tiene algo arrogante y soberbio. El carácter cuenta en política, que es el arte de la suma: alianzas, acuerdos, arreglos. Un acuerdo que me pareció repugnante fue el que hizo con el procurador Ordóñez y que casi terminamos pagando la gran mayoría de los que no pensamos como monseñor Rubiano y defendemos el aborto, el matrimonio homosexual, la eutanasia, la dosis mínima. Ahora en la campaña aceptó el error, pero el procurador seguirá tres años más. Hay tentaciones y errores de cálculo político peligrosos y costosos. Tampoco comparto la tesis de que todas las violencias son idénticas y, por tanto, todas carecen de fundamentos políticos. ¿Acaso la del Estado, la de la Fuerza Pública, no tienen un origen político? ¿Acaso es que los paramilitares son unos locos que disparaban al azar y los guerrilleros unos chusmeros que se envejecieron alzados en armas? No compartir una determinada tesis no significa renunciar a explicarla. La explicación no es una justificación. Cuando se habla de la ley de la caída de los cuerpos no se es partidario del choque de asteroides con la Tierra ni de los machucones con un martillo.

Petro ha sido un gran parlamentario, como lo ha sido Robledo, como lo fue Carlos Gaviria. Quizá desde la época de Gaitán, el país no había tenido opositores parlamentarios tan sólidos y brillantes. Los debates de Petro sobre el paramilitarismo tienen el mismo peso que tuvieron los de Gaitán sobre la masacre de las bananeras, el de Robledo sobre Agro Ingreso Seguro o los que dio Gaviria a favor de las libertades públicas y la libertad de conciencia, debates que contribuyeron decisivamente a la caída del régimen conservador en el año 30 y a la derrota del uribismo en 2010. Y es que aquí está, precisamente, la razón de mi voto por Petro: mi antiuribismo radical. Uribe le hizo un daño moral profundo al país: legitimar el poder del más fuerte como un derecho natural. Si Uribe no fuera el mentor de Peñalosa, votaría por Aurelio Suárez, que es sin duda el candidato que mejor conoce a Bogotá. Pero creo que se trata en el fondo de escoger entre Uribe y Petro; o mejor, entre una derecha militante y una izquierda progresista, que es una vertiente de la izquierda y no la izquierda. Petro no transformará a Bogotá, nadie puede hacerlo, pero tampoco le regalará las principales vías públicas a la empresa privada; no les dará licencia a los Bessudo para ocupar los cerros orientales; no les regalará la Empresa de Teléfonos de Bogotá a españoles ni a chilenos, ni la sabana de Bogotá —o lo que queda de ella— a los urbanizadores.

Confío en que Petro haga una administración como la que ha hecho Clara López: pulcra, respetuosa y cumplida. Una Alcaldía que inicie en firme un metro que no atienda sólo a los barrios ricos; que impida que los cerros occidentales se conviertan en canteras de arena y gravillas; que acelere la descontaminación del río Bogotá; que construya nuevos centros educativos y hospitales, más comedores populares y más salacunas; que concluya la 26; que inaugure un tren de cercanías; que eche para atrás la brutal destrucción del Parque de la Independencia; que desautorice la violencia del Esmad y no lo saque a la calle; que prohíba las armas amparadas y que no ceda a la demagogia barata de atacar las corridas de toros.

Votaré pues por Petro para alcalde, al concejo por Alix María Salazar, una exmilitante del M19, luchadora de principios que ha devuelto la esperanza, y por Rafael Colmenares que pelea por el agua y contra la minería.

 

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