Esperanza, esperanza...

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Un evento como el coronavirus es la peor maldición para un columnista. Por un lado, no puede evitar hablar de él. Por el otro, se estrella con la imposibilidad de decir algo que sea nuevo o particularmente interesante. O siquiera acertado. Pues —como es más o menos inevitable en estas circunstancias— todos nos hemos vuelto repentinamente expertos en el tema y hemos aprendido a pontificar a velocidades de vértigo sobre el virus. Todo se ha dicho y se repetirá una y otra vez en las complicadas semanas que siguen.

Bueh: las afugias de los columnistas son por el momento el menor de nuestros problemas. Lo notable es que, en medio de la angustia y la incertidumbre, y de manera no tan paradójica, el bichito de moda ha suscitado esperanzas desproporcionadas. Hay dos de ellas, simétricamente inversas, que me han llamado particularmente la atención. Una es que nos permitirá unirnos como nación (en otras versiones: como especie). Las crisis unen. No hay que politizar la tragedia.

La esperanza de la unidad es linda; a contrapelo de las duras medidas de aislamiento, promete un abrazo universal. Y contiene más de un grano de verdad: hay que concentrar fuerzas y condenar con energía a los pescadores en río revuelto que tratan de sacar réditos de la desgracia. Pero toda la experiencia histórica nos enseña que rara vez las crisis unen, y menos en países como Colombia. De hecho, como se ha señalado ya varias veces, el coronavirus pondrá al desnudo la brutal inequidad en la que viven muchas sociedades. A propósito, ¿no será hora de poner a la cabeza de la agenda la política social para los colombianos más vulnerables, especialmente para esos millones que viven en la informalidad? Este sector de la población será el más duramente afectado por los efectos económicos de la pandemia y —me duelen los dedos al escribirlo— no parece tan inverosímil que estos últimos también cobren numerosas víctimas. ¿Por qué no poner también este tema en el primer lugar de la conversación pública? Si no es por preocupación genuina, el Gobierno debería al menos por autointerés —para no enfrentarse a brutales conflictos distributivos en el futuro inmediato— enfrentarse a este asunto ya.

La otra esperanza va en la dirección contraria: no pretende despolitizar el coronavirus, sino politizarlo de manera positiva, de tal suerte que una vez vayamos saliendo de la crisis podamos construir un mundo nuevo. Con una nueva consciencia social y ecológica. Como en el caso anterior, esta expectativa no se puede tachar de tonta o descabellada. Se supone que deberíamos aprender de nuestras experiencias más dolorosas. En efecto, el mundo está enfrentando problemas serios que ponen en cuestión la existencia misma de la especie. Y, al contrario de lo que sucede con la esperanza anterior, hay precedentes: en algunos sentidos las crisis de salud sí han servido para mejorar el comportamiento humano, al menos en lo que atañe a aquello que puede ser regulado por la ciencia y el Estado.

Pero, a la vez, esta también parece ser una ilusión infundada. Por muchas razones, que van desde lo directamente político hasta lo cognitivo. Lo político: el coronavirus destruye muchas cosas, pero no estructuras de poder establecidas. Iría más allá: estoy seguro de que creará oportunidades fabulosas para gentes que puedan verlas y aprovecharlas (en nuestro país, comenzando por personas bien conectadas: estoy dispuesto a apostar diez a uno a que tendremos en este sentido una ristra de episodios memorables). Lo cognitivo: los humanos hacemos lo que sabemos hacer. El peso de las rutinas —esa maravillosa prosa de la vida social— en nuestras mentes y personalidades es enorme. Obvio: a veces hay “alineamientos de astros” que permiten cambios fundamentales de perspectiva. Pero no veo cómo este episodio pueda hacerlo.

Y, sin embargo, contradiciéndome, qué bueno es ver que aún en el yermo reverdece la esperanza…

 

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