Por: María Antonieta Solórzano

La esperanza y la fe: creer en lo imposible

“Cada uno de los grandes lo fue en la medida en que era grande el objeto de su esperanza. Unos fueron grandes porque esperaron las cosas posibles; otros lo fueron porque esperaron las eternas; pero el mayor de todos los grandes fue quien esperó que se cumpliera lo imposible”: Soren Kierkegaard.

Nos hacemos verdaderamente humanos cuando el libre albedrío guía nuestras vidas, somos grandes cada vez que tomamos una decisión sencilla o compleja que nos acerca hacia lo imposible e inimaginado.

En cada decisión nuestros deseos y anhelos están presentes. Tanto si nos aventuramos en una relación amorosa con alguien que acabamos de conocer, o si cambiamos de ciudad buscando nuevas posibilidades, como si hacemos una caminata a la vera de una montaña o subimos hasta su cima.

Puede parecer, a la luz de la lógica cotidiana, que esa persona es inconveniente, que la ciudad va a ser hostil o que la montaña es muy riesgosa.

No obstante, nuestra fe, que no es otra cosa que creer en lo imposible, se encargará de darnos la fuerza para avanzar hacia nuestro anhelo.

Entonces, cuando la relación haya revelado los aspectos del amor que no conocíamos, la ciudad nos haya hecho más sabios o la montaña nos haya mostrado sus parajes desconocidos, nuestro ser sentirá que lo vivido tiene sentido. Porque el alma quiere que conozcamos la grandeza de vivir en la fe y la esperanza.

Nuestra vida estará limitada a lo trivial y jamás se acercará a la pasión, cuando solo hacemos con tranquilidad aquello cuyos resultados podemos predecir, cuando pretendemos saber y controlar lo que nos sucede y entonces tenemos relaciones convenientes, permanecemos en la ciudad conocida o solo caminamos por la vera de la montaña.

El alma que ve más allá de nuestro sentido común y de los cinco sentidos, tiene anhelos de pasión por la fe que nos acerca a lo imposible, sueña con lo que no ha ocurrido para que lo nuevo y maravilloso se haga presente en el mundo y los que nos siguen se proyecten hacia nuevos horizontes.

 

*María Antonieta Solórzano

 

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