Por: Isabel Segovia

Esperanzados

En estos momentos se siente el mundo un poco desesperanzador por la prolífica aparición de líderes populistas de diferentes pelambres, en Brasil, Estados Unidos, Reino Unido, Italia, Polonia, Turquía, Filipinas, entre otros (sin querer fijar la vara en nuestros propios ojos), que tienen en común su desprecio por el conocimiento y la diferencia, y su reivindicación ramplona de la ignorancia y la estupidez como modo de vida. No obstante, quienes creemos en el poder transformador de la educación debemos tener una mirada optimista y resaltar que, a pesar de esta deriva populista, el mundo sigue avanzando. Sin pretender minimizar las circunstancias de exclusión, pobreza y violencia que aún subsisten, lo cierto es que nunca la humanidad había tenido estándares de vida equitativos para tantas personas.

Colombia no es la excepción. Existen motivos para creer que es posible un mejor futuro debido a los cambios que desde hace años se vienen presentando en el sector educativo. Las iniciativas para atender cada vez más y mejor a la primera infancia, para mejorar la calidad y aumentar la cobertura en la educación básica y media, y para ampliar el acceso y volver más pertinente la educación superior así lo demuestran.

Sin embargo, en un escenario populista como el que vivimos, no basta con ampliar cobertura y mejorar calidad; hace falta que la educación, y particularmente la superior, se constituya en una herramienta crítica que aporte elementos para contrarrestar el ascenso de los líderes que se alimentan del odio y la ignorancia. Por esta razón, el liderazgo de los rectores de las universidades adquiere una importancia mayor, pues está en sus manos promover y facilitar el rol crítico de estas instituciones, claves para una sociedad.

Las mejores universidades del país tradicionalmente han sido manejadas, o más bien reinadas, por hombres, la mayoría de línea tradicional y conservadora; sin embargo, desde hace algunos años esto ha venido cambiando. Muchas de ellas ahora están siendo administradas por hombres y mujeres de alto nivel, como Cecilia María Vélez, la primera mujer nombrada en una universidad privada de prestigio (hace ocho años es rectora de la Jorge Tadeo Lozano); Juan Carlos Henao, heredero de la tradición librepensante de la Universidad Externado pero no perteneciente a la monarquía familiar que tradicionalmente había manejado esa institución, y Dolly Montoya, la primera rectora mujer de la Universidad Nacional, la más importante del país. Incluso la Universidad de los Andes, que normalmente buscó a sus rectores en el seno de sus fundadores y consejeros, se la jugó por nuevos líderes, externos a estos círculos, con trayectorias técnicas y a la vez humanistas, como Alejandro Gaviria. Por último y muy importante, en estos días se dio el nombramiento de Brigitte Baptiste en la Escuela de Administración de Negocios (EAN), la primera mujer LGBTI rectora de una institución de educación superior del país. En este caso no se trata solamente de una apuesta por la diversidad, sino del compromiso que la economía de mercado debe tener con los valores de sostenibilidad ambiental.

Las cosas están cambiando. Hay razones para creer en el futuro. No debemos darnos por vencidos frente a la mediocridad, seguramente vendrán tiempos mejores.

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2019-09-18T00:00:55-05:00

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2019-09-18T00:15:01-05:00

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