Por: Juan David Ochoa

Esperanzas peligrosas

Ante el retorno de Iván Márquez y su escuadra de disidentes al monte para continuar la guerra y la clandestinidad, se han empezado a hacer todos los análisis posibles. El ruido y el escándalo ante un nuevo recrudecimiento y un nuevo reciclaje del conflicto han hecho de la atmósfera una nueva zozobra que ya era natural en otras épocas. El optimismo de los análisis sigue marcando la pauta y señalando la senda de un proceso irreversible, y las recomendaciones sugieren mantener la calma y la credibilidad sobre un acuerdo que conserva una estructura legal y duradera. Pero ahora los matices no son mínimos, y los riesgos no son tan controlables y previsibles como cuando solo estaba el partido de los gamonales torpedeando los diálogos y las ceremonias del acuerdo.

El grueso de los analistas subestima emocionalmente la amplia credibilidad de los desmovilizados en Iván Márquez, el jefe militar que lideró la mesa de negociación en La Habana y dio la orden del paso definitivo a la vida civil. Esa confianza que actuaba bajo los códigos exclusivos del mando y la subordinación ahora pueden estar persuadiendo las intenciones de permanencia entre los bloques desmovilizados que aún siguen sin recibir los beneficios prácticos en las zonas de reincorporación y no confían, con razón, en la fiabilidad del progreso en sus proyectos a mediano y largo plazo entre la incertidumbre. Sus rutinas y sospechas se mueven aun entre las excusas de los funcionarios que insisten en problemas económicos heredados del gobierno Santos y las promesas que se dilatan con plazos incumplidos. La sobrevivencia y la credibilidad solo la sustenta la esperanza del bastión electoral que ha presionado por los avances de la implementación, pero están todos al margen del poder y de los comités que deciden la efectividad del presupuesto. Ese juego de postergaciones y culpas señaladas, mientras esperan los desarmados su futuro, es un riesgo de alta combustión en un conflicto ideológico que persiste y que sigue incrementándose con las posturas frontales de negación del gobierno de turno, mucho más aun cuando el más alto nombre en el poder no tiene la estructura mental para afrontar las exigencias del tiempo.

Jesús Santrich, quien ahora enfila también el nuevo germen con fusil al hombro y un rostro de solemnidad demencial, cuenta también con la simpatía de los subalternos que lo vieron siempre como un símbolo de su folclor y rebeldía. Fue el más incómodo y reaccionario en todos los puntos firmados y el más rodeado por sus partidarios en los días surrealistas de su recaptura en La Picota con los torpedos del también solemne y demencial Néstor Humberto Martínez Neira. El tiempo de un conflicto silenciado sigue estallando y las sospechas de los reinsertados aun aturdidos siguen acumulando razones para volver a su vieja tradición y a sus costumbres. No es tan superficial y tan frívolo el rearme de los líderes militares de las viejas Farc, como siguen pregonando esperanzados los análisis del nuevo tiempo. La resonancia simbólica de sus nombres puede crear una desbandada progresiva hasta que sea demasiado tarde y una nueva bestia histórica aparezca una vez más dispuesta a dinamitarlo todo y el Estado deba reconocer, otra vez, las viejas culpas en la historia para sentarse a dialogar por los fracasos eternos de su imponencia.

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