Por: Adolfo Meisel Roca

Espuma de letras

EL VERTIGINOSO RITMO QUE A MEnudo alcanzan los sucesos políticos en Colombia, donde cada día parece traer un nuevo escándalo, enfrentamiento, crisis, acuerdo o ruptura de relaciones, contrasta con el trasegar sin sobresaltos de muchos países europeos.

Vivir al ritmo del síndrome de los tizones a fuego vivo, como son muchos de los acontecimientos de la política nacional, a la larga produce cierta fatiga entre comunicadores, columnistas, intelectuales o simples ciudadanos que se quieren mantener bien informados. En las últimas semanas he detectado en los comentarios de algunos columnistas, que parecen estar tratando siempre de mantenerse en la cresta de la ola del pulso nacional, cierto agotamiento.

La experiencia de los europeos, que en la primera mitad del siglo XX recorrieron ya el calvario de la inestabilidad política y la agitación de los acontecimientos, tal vez puede sernos de alguna utilidad en este respecto.

Fernand Braudel (1902-1985), para muchos conocedores el historiador más importante del siglo XX, pretendió levantar la mirada más allá de la espuma que se agita con los eventos heroicos o espectaculares, para encontrar una perspectiva más duradera y sin estridencias. No es accidental que una de sus obras capitales, Civilización material, economía y capitalismo, tuviera como ilustración en la carátula una obra de Brueghel, en la cual aparece en primer plano un campesino arando la tierra y, en el fondo, casi imperceptible, Ícaro cayendo al mar y dejando una estelita de espuma.

Braudel fue uno de los miles de jóvenes franceses que tras lo que uno de sus colegas denominó “la extraña derrota” de su país en la primavera de 1940, marchó hacia un campo de prisioneros de guerra en Alemania. Allí estuvo hasta 1945. Durante esos años se incubó su obra maestra, El mediterráneo en la época de Felipe II, y que publicaría en 1949. Entre los aportes más duraderos de esta obra monumental está la concepción del tiempo histórico que presentó su autor.

Para Fernand Braudel, el tiempo histórico podía equipararse con el mar. En la superficie hay mucha agitación y están las espumas de las olas que se quiebran. Más abajo están las grandes corrientes. Por último encontramos los fondos rocosos. El tiempo histórico de los hechos cotidianos, los titulares de la prensa, serían como las espumas del mar. Los ciclos económicos o los procesos sociales de 50 o 60 años se asemejarían a las corrientes submarinas. Los procesos históricos de siglos, 300 o 400 años, equivalen al fondo del mar, que sólo cambia de manera casi imperceptible. En este último nivel, consideraba él que se debía concentrar el estudio de la historia. Más que las trivialidades de las vidas de este o aquel príncipe, a Braudel le interesó la lenta y poderosa marcha de la historia, la del hombre en relación con su medio ambiente.

Es cierto que las obras de Fernand Braudel no se comentan a menudo en los suplementos de libros de la prensa de Nueva York, Londres, Madrid o Buenos Aires. Pero son un poderoso antídoto para el alma, sobre todo en tiempos de pasiones encendidas, como los que le tocaron a la generación de europeos que vivió entre las dos guerras mundiales. Valdría la pena que quienes están sintiendo el vértigo de la espuma de letras lean, o relean, a Braudel.

 

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