Por: Mauricio Botero Caicedo

Esquivando la maldición

EN ESTE ARTÍCULO SE PRETENDE SEñalar algunas medidas que se deben tomar y algunas que se deben evitar con el fin de que la riqueza minera (incluyendo hidrocarburos) sea una bendición en vez de una maldición.

Dado que dicha bonanza no va a ser permanente —y si se pretende favorecer es a todos los colombianos y no unos pocos privilegiados—, el momento de hacer los cambios es ahora.

La experiencia en el manejo de la bonanza minera no ha sido afortunada: en las décadas de los ochenta y noventa, prácticamente la totalidad de las regalías terminaban directamente en manos de los narcoterroristas. En esos lustros, el control territorial de las zonas mineras por parte del Eln (aquel diminuto grupúsculo de bandidos que se encontraba moribundo) y en menor grado de las Farc, le permitió a la guerrilla, disfrutando prácticamente de la totalidad de las regalías, sobrevivir. Al regresar al Estado el control territorial, dichas regalías están es enriqueciendo (en 150 municipios de los 1.043 que hay en Colombia) a una clase política de muy dudosa ortografía. Lejos de beneficiar a la población, parte de estas regalías va es a financiar obras costosas, innecesarias y suntuarias, como el Museo del Hombre Llanero; y una parte menor sigue oxigenando a los narcoterroristas y los paracos. El grueso, sin embargo, va a parar en los bolsillos de una recua de politicastros regionales. Y mientras los recursos físicamente se reparten, el Gobierno central los utiliza como caja menor para cuadrar los faltantes de tesorería.

Los expertos arguyen que el camino más expedito para que una bonanza minera se convierta en maldición es que estos recursos los monopolice una élite, élite que generalmente no tiene vocación distinta a incrementar su patrimonio personal. En la mayoría de los países del Medio Oriente, la élite son las familias reinantes. En otras naciones, como los países africanos, la élite son el chafarote y sus secuaces que detenten el poder político y militar. En Colombia, país singular como ninguno, la élite es una casta política que con pasmosa habilidad se adueña del poder en los municipios mineros. Para todo efecto práctico, esta élite goza de los mismos privilegios y prebendas que un príncipe de cualquier emirato árabe. El Estado, por acción u omisión, por complicidad o pusilanimidad, ha sido incapaz de desmontar esa monumental vagabundería en que se han convertido las regalías.

El primer paso en la dirección correcta es que el Estado, en nombre de todos los colombianos, rescate las regalías. El segundo paso es la consolidación de estas regalías en un Fondo cuyo manejo sea independiente de todo grupo de presión. El país tuvo la experiencia de un Fondo de Estabilización (Faep) que nunca cumplió con sus objetivos. El Faep fue desmontado en 2007 para crear el Fondo de Estabilización de los Precios de los Combustibles, esperpento que tampoco sirve para nada fuera de darle liquidez al Estado manirroto. Basado en los inmensamente exitosos modelos de Chile y de Noruega, el nuevo Fondo de Estabilización no sólo debe servir para equilibrar el gasto público y generar superávits primarios, sino para evitar los estragos de la llamada “enfermedad holandesa”, que tiene al borde de la ruina a buena parte del sector exportador tradicional. El nuevo Fondo igualmente debe tener fines concretos que no les permitan a los gobiernos hacer piruetas y malabarismos financieros. El milagro chileno en buena parte se debe a la seriedad con que han manejado la bonanza del cobre.

Lo que es evidente es que de seguir una élite monopolizando la bonanza minera, es una certeza que dicha riqueza terminará siendo una maldición en vez de una bendición.

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