Por: Ana María Cano Posada

Esta guerra ajena

La guerra es del otro, no mía... Llevamos 55 años lavándonos las manos.

Esta guerra salvaje, dosificada e intensa, radiografiada por el Grupo de Memoria Histórica en el ¡Basta ya!, Colombia: memorias de guerra y de dignidad,* que en 431 páginas recoge este desvarío.

Una generación completa, 220.000 colombianos asesinados: hombres, adultos, campesinos o comerciantes. 176.000 no combatientes, atrapados por bandos. 1.982 masacres en 30 años, con 11.751 víctimas (59% hechas por paramilitares y 17% por guerrillas). La muerte al por mayor. 23.154 asesinatos selectivos, el reclutamiento de 6.400 niños: la mentalidad de abuso generalizada. Y minas antipersonas: 10.189 amputados o muertos. Desplazamos 26 personas por hora desde 1985. Los 27.023 secuestrados, la mayoría por las Farc. Y 25.000 desaparecidos (desde 1985) más que en las dictaduras del sur. 4’744.048 desplazados, récord infame.

Gonzalo Sánchez y 21 investigadores rehacen lo que el Estado embolata, esconde e ignora, y reflejan el horror desatendido en Colombia 55 años. “La guerra ha sido costosa hasta para los que se han lucrado de ella”, dice la coordinadora del Grupo, Martha Nubia Bello, para La Silla Vacía. Enmudecen ellos al recoger relatos de sevicia sobre descuartizamientos y crematorios “industriales”. Pesadillas en vivo.

Con este informe llega la hora inevitable de constatar las huellas que tenemos todos en esta sangría pública, salir de la anestesia colectiva que ha dejado heredar armas, cabecillas, odios, venganzas, desmanes oficiales, ciega la justicia, desfilan entre todos las responsabilidades y se escapan, multiplicando este carnaval de los espantos, esta noche oscura de caza de víctimas, de impavidez ante la crueldad, de contagio de violencia y vías de hecho.

Días antes de entregar este incómodo legado a Juan Manuel Santos, en momentos en que tiene en sus manos la supervivencia del diálogo, Belisario Betancur, autor del proceso de paz que terminó cercándolo en el Palacio de Justicia, dio una señal de lo que sigue: pidió perdón por actuar mal en esa encrucijada. Su actitud muestra cómo reconocer la responsabilidad propia no la de otros.

Días antes estuve pasmada ante las fotografías de Jesús Abad Colorado en el Museo de Arte Moderno de Medellín. Una bocanada de dolor, no de escándalo, sino de vergüenza. Tres mujeres miran el desolado paso de sus muertos. Los corotos íntimos despojados en el camino con la mamá y el hijo. El ejército camuflado con la mano derecha sobre el pecho y las armas terciadas, extenso como el mar de muertos que deja. La fosa honda de ataúdes apilados uno sobre otro, escoltada de dolor. El pueblo sin techos, perforado de proyectiles, sucio de miedo.

Pena y dolor del testigo de primera mano de esta guerra salvaje, el imprescindible Jesús Abad Colorado, que ha reconocido la guerra colombiana como suya, fotógrafo sin arandelas que aquieta y aprieta el obturador, como el disparo, inevitable.

Estamos ahora vivos frente a una guerra infame y nos corresponde decidir si se prolonga o no. El “basta ya” para que el porvenir no esté allá, sin venir nunca, como dice Juan David Laverde en El Espectador.**

Armas que hablan por nosotros hasta llegar al genocidio. Y creemos que esta guerra es ajena.

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2013-07-25T22:49:18-05:00

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