Por: Alfredo Molano Bravo

Esta noche

ESTOY EN UN PUEBLO DEL SUR DEL Cauca. Son las 9 de la noche. Las calles están desiertas.

 

Miro desde el balcón del hotelito donde hay sólo un par de pasajeros más, encerrados, como yo, en sus cuartos. Parecería que fuera la madrugada si no viera que la Luna llena apenas ha recorrido un cuarto de cielo. Navega entre nubes altas. En la tarde fueron blancas y luminosas; se derramaban sobre el filo de la cordillera Occidental hacia el valle del Patía. El silencio cae sobre el pueblo. El miedo anda suelto, nadie se atreve a desafiarlo. No hay un solo negocio abierto. Ni un bar ni una discoteca. Ni una putica en una esquina. Nada se mueve. Ni siquiera hay viento para echarle la culpa de algún ruido que suena por ahí. Pero si soplara y levantara el polvo y tumbara una teja, el pánico sería total, todos nos meteríamos debajo de la cama.

En el campo a un kilómetro del pueblo andan sombras de hombres de carne y hueso armados hasta los dientes. La guerrilla esquiva y acecha; el Ejército sube y baja cuestas. Los filos de las lomas están sembrados de minas o de granadas sin explotar, las faldas están sembradas de café y coca, de cacao y coca, de caña y de yuca.

A mediodía el pueblo fue una colmena: los niños regresaban de la escuela jugando a pisarse los talones, las mujeres comadreaban de ventana a ventaba, los hombres hacían negocios lícitos e ilícitos. Las motos envenenaban de ruido las carreteras, las trochas, las calles. La actividad era frenética, había que aprovechar la luz del día; lo que no se hace con ella, se pierde. La Policía dormía lo que no pudo dormir en la noche metida entre su búnker; sus vecinos, en piyama o en bola, tampoco durmieron esperando la explosión, la metralla, el estallido del tatuco. El cura cerró las puertas de la iglesia para almorzar y echarse la siesta.

Ahora cuando son las nueve y media, ya no oigo ni las telenovelas de la vecindad. Todo se apagó como si hubiéramos entrado en un túnel. Borro el “como si”: ¡Estamos en un subterráneo! O mejor, nos tienen en un subterráneo acosándonos con la muerte, la muerte que puede venir en la bomba tirada desde una motocicleta o desde un avión. Son iguales, traen la muerte y traen el dolor. Y obligan al silencio y a la oscuridad. No oigo ruido de catres ni de chirridos de puerta. Quizá nadie pueda echarse un polvo en una noche como ésta. Quizá fuera la única forma de quitarme el pavor. Pero estoy solo. Nadie puede quitarme el miedo.

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Murió en el Llano, de viejo, el Capitán Veneno, Plinio Murillo, lugarteniente de Dumas Aljure y soldado de Guadalupe Salcedo. Nacido en Chaparral, Tolima, se unió de niño a las guerrillas liberales y fue enlace entre ellas y el movimiento agrarista armado de Juan de la Cruz Varela que colonizó el alto Ariari.

Firmada la paz en 1953, se convirtió en un colono más sin renunciar a sus ideales campesinos.

 

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