Por: Luis Carlos Vélez

Esta vez es diferente

Crecí envidiando profundamente a Venezuela. En la década de los ochenta, cuando Cedritos era un barrio lejano del norte de la ciudad, de pocas casas y colegios campestres, y no Cedrizuela, un gigantesco y moderno barrio ahora casa de decenas de familias que han huido del régimen, esperábamos con ansias esas tardes cuando llegaba el mercado que mi papá mandaba a traer de la frontera.

De Venezuela llegaban cajas con los más deliciosos y apetecidos manjares, ausentes en Colombia por que vivíamos en una economía cerrada de espaldas al comercio internacional. Adentro, botellones de mayonesa y salsa de tomate Heinz, maní Peanuts, Cocosette, Maltín Polar, Harina Pan y, mi favorito, el chocolate Toddy.

Desde entonces crecí fascinado con Venezuela. Su migración internacional, su amor por el fútbol internacional que se veía en parabólicas y nos hablaba del Real Madrid y del Barcelona, mientras nosotros no salíamos del torneo de la Dimayor, sus autopistas de dos pisos en Caracas y sus centros comerciales con tiendas de talla mundial.

Por eso, al pasar a alta velocidad el casete mental de las imágenes de lo que ha ocurrido en ese país desde entonces, todo parece ser producto de la más horrorífica ficción de la destrucción de nación y una confabulación de ignorancia, codicia y malas ideas. Pero esta vez es diferente. Cuatro factores pueden ser señal de que la última página de este capítulo apocalíptico está por terminar.

Primero: el régimen se quedó sin plata. Venezuela ya no tiene el petróleo que lo sostenía y los precios internacionales del crudo ya no son lo que fueron. El régimen de Maduro está cada vez más corto de dinero y buscando alternativas menos líquidas y baratas, como el oro, para financiarse.

Dos: el vecindario cambió. Tras años de comprar conciencias con petróleo en la región, se agotó la chequera. Los cómplices de los años más fuertes de Hugo Chávez y el socialismo del siglo XXI ya no son la sombra de lo que fueron. Cristina Fernández de Kirchner no está; Lula pelea por mantenerse en libertad, envuelto en un escándalo de corrupción; Correa se desvaneció, y Evo Morales se cansó. Por lo tanto, la OEA no está más secuestrada y entes que antes hacían bulla, como Unasur, se desinflaron.

Tres: EE. UU. miró. Después de ignorar lo que pasaba en Venezuela, de unos meses para acá Washington le aprieta la tuerca al régimen de Nicolás Maduro. Además de las medidas para congelar los activos de los miembros del gobierno venezolano en la unión americana, se han abierto sendos procesos por narcotráfico, presentado iniciativas para condenar la situación en el país y hasta el presidente Trump condenó la represión y exigió la libertad de los presos políticos.

Cuatro: la gente se desesperó. Por primera vez hay chavistas arrepentidos y maduristas cansados. Antes, la patria roja rojita era un ente indivisible y monolítico. Ahora hay serias fisuras producto de la desesperación y el hambre.

Cinco: la oposición aprendió. Los contradictores políticos del régimen entendieron que no hay manera de llegar a acuerdos con el establecimiento y que es mejor caminar juntos que divididos. La mano dura del Gobierno ha ido apaciguando envidias y egos, y aunque aún con imperfecciones, la oposición está más unida que nunca.

Y seis: no hay silenciador. En épocas pre redes sociales e internet, dar a conocer la realidad del país era una labor exclusiva de los medios. Ahora, en las calles hay casi igual número de manifestantes que de comunicadores de la situación. Tal vez el arma más poderosa que tiene el pueblo venezolano es su teléfono celular y sus redes de comunicación. Una foto, un video puesto en internet tiene la capacidad de llegar en cuestión de segundos al otro lado del planeta y generar una reacción.

Esta vez es diferente. Huele a que Venezuela puede voltear la página. Pueblo valiente y determinado, merece lo mejor.

 

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