Estaban mejor con Sadam

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La cruzada emprendida en 2003 por George Walker Bush ha sido una catástrofe para los cristianos de Irak.

Su presencia y su culto fueron por mucho tiempo respetados, o al menos tolerados, en un país en el que en las últimas décadas son más frecuentes las rencillas entre las grandes divisiones del Islam que entre cristianos y musulmanes. Atrapados en medio de la brutalidad de una ocupación cuyas horribles imágenes van saliendo a flote, pasaron las vicisitudes propias de las minorías en época de desorden generalizado, y ahora se han vuelto blanco específico de acciones violentas que pretenden expulsarlos del país. Al tener que escoger entre el exilio y la muerte, viven un drama que jamás soñaron siquiera en las peores épocas del régimen que precedió a la invasión de hace siete años.

Los cristianos de Irak sumaban hace diez años alrededor de un millón. Casi todos de origen asirio, es decir de la más antigua tradición de la tierra comprendida entre el Tigris y el Eufrates. Su conversión al cristianismo proviene, según unas versiones, del siglo segundo de nuestra era. Según otras, allí fueron a dar discípulos de Cristo apenas unos años después de la crucifixión. A muchos de ellos les caracterizó el Arameo, una de las lenguas originales del mensaje cristiano. Hasta nuestros días, sus afiliaciones les han llevado a ser parte de la Iglesia Caldea, afín a la Iglesia Católica de Roma, o a la Iglesia Ortodoxa Siria y a otras versiones orientales del cristianismo.

Fundida a la trayectoria misma de los asirios, los cristianos de Irak forman parte de un pueblo que perdió su autonomía al menos siete siglos antes de nuestra era. Desde entonces han estado sometidos a los persas, a los árabes, a los turcos y hasta a los ingleses, que se retiraron de la región en 1945. Desde siempre tuvieron que adaptarse a los caprichos del poder de turno. Esto implica haber resistido los intentos reiterados de “iranizarlos”, “arabizarlos” o hacerlos afines a la cultura de la gran familia turca, cuando no, por supuesto, a adoptar modos culturales propios de occidente. Curiosamente con Sadam Hussein vinieron a tener, en palabras de muchos de ellos, una especie de tregua o remanso, fortalecido con la presencia de uno de los suyos, Tarek Aziz, en las cumbres del gobierno.

Exitosos al resistir a lo largo de tantos siglos, y sin perjuicio de haber dado y recibido elementos culturales en el trajín de la vida cotidiana de una región agitada por las guerras y las pretensiones más variadas de proselitismo y ambiciones nacionales, vieron venir con suspicacia la invasión del segundo de los Bush, disfrazada de fuerza multinacional, que hizo su intento, fallido por supuesto, de implantar en la Mesopotamia los valores políticos y estéticos de un país demasiado joven, como los Estados Unidos, para tener éxito en una aventura de semejante naturaleza.

En medio del desorden inenarrable de la retirada norteamericana, que no dejó nada sólido ni estable, ni identificable, ni predecible, al abandonar a la carrera, disfrazando su fracaso lo mejor que se pudiese, los cristianos de Irak han quedado expósitos a una oleada inédita de persecución y muerte. El 31 de octubre, mientras se llevaba a cabo la misa en la catedral siria católica de Karanda, en Bagdad, cincuenta y tres personas fueron masacradas por unos comandos de asesinos que con ello quisieron enviar un mensaje contundente contra los cristianos de Irak, con la conminación a que abandonen el país.

Este crimen atroz, que para muchos no pasa de ser un titular de revista, como suele suceder en sociedades víctima de la indolencia que genera la presencia abrumadora de las muertes en serie, ha producido un éxodo injustificado de cristianos, que son recibidos por ahora en Turquía y que dejan atrás no solo sus bienes sino una opción de vida digna, como ciudadanos de un país que se esperaba, según el discurso de los invasores, diera un brinco hacia la democracia propia de una sociedad abierta, de la mano de soldados vestidos de extraterrestres, cargados de elementos tecnológicos propios de la guerra del Siglo XXI, pero totalmente ignorantes de la manera de tratar a los locales.

Jalal Talibani, el presidente iraquí, debería sostenerse en su negativa a aprobar la sentencia a muerte de Tarek Aziz, el viejo y respetado zorro de la diplomacia de la era de Sadam, cuya condición de católico fue reconocida siempre como símbolo de respeto por los cristianos por parte de un régimen bajo el cual tuvieron la oportunidad abierta de contribuir al progreso del país. Entretanto la desbandada, que difícilmente se podrá detener, y todos los crímenes llevados a cabo hasta ahora en contra de los cristianos de Irak, son hechos que se deben agregar a las cuentas de la irresponsabilidad con la que actuaron los líderes que decidieron invadir a Irak en busca de unas armas de destrucción masiva que en casi una década jamás han logrado encontrar.

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