Por: Santiago Montenegro

Estabilizar el gasto público

En el Gobierno César Gaviria se organizó un gran seminario para analizar los efectos de lo que se esperaba fuese la bonanza petrolera de Cusiana y Cupiagua y para discutir la política óptima de manejo de los choques externos.  Una de sus grandes conclusiones fue reiterar lo que la teoría económica llevaba mucho tiempo recomendando: un gobierno debe pensar no solo en la presente generación, sino también tener en cuenta las futuras generaciones y, así, debe modificar su gasto solo en el efecto permanente de los choques externos sobre los ingresos.  Y, ¿cuál es el componente permanente del ingreso correspondiente a un choque externo?  A grandes rasgos, dicho monto es igual al cambio de la riqueza debido al choque externo multiplicado por la rentabilidad “razonable” de la economía.

Naturalmente, estos cálculos no son fáciles de realizar, pues dependen de estimaciones sobre futuros precios y sobre el tamaño de las reservas probadas y calidades del petróleo en el subsuelo, entre otras variables. Mientras más permanente es la bonanza, mayor es el incremento de la riqueza y, por lo tanto, mayor puede ser el incremento del gasto. Y, por el contrario, cuanto más transitorio es un choque externo, menor será su efecto sobre la riqueza y, por lo tanto, el ajuste en el gasto del Gobierno deberá ser mínimo. Esto quiere decir, por ejemplo, que si un choque es positivo pero transitorio hay que ahorrarlo, y que si es igualmente transitorio pero negativo, el Gobierno podría legítimamente mantener el nivel de gasto y financiar el déficit resultante con endeudamiento.

Debido a que, aun con los mejores modelos y técnicas estadísticas, es imposible predecir con exactitud qué tan permanente será un choque, los macroeconomistas más curtidos han recomendado una regla simple: trate los choques externos positivos como transitorios y los negativos como permanentes. Es decir, ahorre las bonanzas y reduzca el gasto cuando caen, por ejemplo, los precios del petróleo.

El problema es que, usualmente, los políticos no tienen en cuenta los efectos de los choques externos sobre las próximas generaciones sino solo sobre las próximas elecciones y, como consecuencia, adoptan una posición exactamente contraria: cuando hay una bonanza la asumen como permanente y cuando hay una destorcida la toman como transitoria.

Analizando el comportamiento reciente de la economía, es claro que el manejo de la pasada bonanza petrolera no fue el más adecuado. El gasto público se elevó por encima de su nivel sostenible y, como consecuencia, terminamos con un déficit fiscal muy alto y con un enorme déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos, cuyo ajuste ha recaído primordialmente sobre los hogares y las empresas. Una de las lecciones de este período es que la llamada regla fiscal resultó inadecuada para el manejo de la coyuntura. Más que una regla para determinar el monto del déficit, lo que necesitamos es una regla para fijar el nivel del gasto público. Esto puede hacerse acordando un porcentaje “óptimo” del gasto público como porcentaje del PIB o creando un fondo de estabilización de los ingresos petroleros que transfieran al obierno solo los montos permanentes del ingreso asociado a los choques externos.

No es tarde para recordar las lecciones que nos dejó el seminario de Cusiana y Cupiagua. Después de todo, la verdadera actitud racional consiste en aprender de los errores pasados para no repetirlos en el futuro.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Santiago Montenegro

7 de agosto de 2019

Una gran decisión

Una miserable campaña

El gran desafío

Una revolución ciudadana