Por: Columnista invitado

Esta(dios) sagra(dos) en América Latina

“Estamos en este campo donde no crece ni la cebada ni el trigo. Canto a los pies que, fatigados de trabajar las sierras, llegaron al llano e inventaron el fútbol. Patear un balón produce un milagro que no son capaces de generar el avión, ni la flecha, ni siquiera el pájaro”, Antonio del Toro.

Umberto Eco sostiene que ningún grupo humano que haya tenido intenciones de hacer una toma política, religiosa o cultural ha acudido a la grama de un estadio para lograrlo. En cambio, se han tomado con este mismo fin carreteras, colegios, universidades, cuarteles, iglesias, bancos, embajadas y palacios de justicia. ¿Por qué? La historia del fútbol ha demostrado que en las gradas de los estadios se presentan desmanes, revueltas y hasta masacres. Hay memoria de ello. Pero no hay memoria (eso me han contado) de la toma de un estadio con fines de revueltas o rebeliones. Hay respeto por la simbología del estadio. Hay autores que consideran que un estadio es un templo sacro y que allí se han hecho las mejores peregrinaciones populares (magia, malabares, incertidumbres, soledades, angustias, amores, agüeros y creencias). Álvaro Mutis piensa que un estadio es un burdel de la gloria y otros piensan que en el estadio está Dios y que por eso se reza, se ora, se canta y se brindan bendiciones.

Ángel Zárraga y Argüelles, pintor y poeta mexicano, sugiere que a los hombres se les capta mejor donde juegan y donde rezan. Rezar y jugar es comunión silvestre: parábola y golazo. ¿Cuáles son esos estadios? El primero es el de la Bombonera: estadio sagrado que se fundó en 1940 y fue bautizado por Ricardo Alarcón, con un golazo que no se sale del corazón de sus hinchas. De ese templo se dice que no tiembla sino que late. En ese mismo gramado hicieron su debut Di(ego) Armando Maradona en 1977 y Juan Ramón Riquelme en 1996. En esa misma casa Martín Palermo gritó 125 goles, 125 himnos, 125 evangelios.

El otro estadio es el Maracaná. Fundado en 1950 como un homenaje al pájaro que tiene este nombre y que habita en estos contextos brasileños (Primolius maracana). Allí se confirmaron jugadores como Pelé, Rivelino, Eusebio, Zico, Tostao, Sócrates y Garrincha (el otro pájaro). Pero si hacemos la lista de estadios sagrados es menester decir, como sostiene un autor uruguayo, que en Brasil, por ejemplo, hay más canchas de fútbol que iglesias. Primero nacimos, rezamos, jugamos fútbol y metemos goles. ¿Otros estadios sagrados? Defensores del Chaco, Atanasio Girardot, Hernando Siles, Azteca y Juan Domingo Perón, entre otros miles.

Sitios tatuados de historia religiosa, militar, política y humana. Por eso recuerdo tanto la cancha de Campoamor, ese espacio en el que nos formaron el carácter y nos narramos cuando estábamos niños. Los domingos, después de misa, todos hacíamos peregrinación para ver los clásicos barriales entre Golars y Universitarios. Allí expresamos nuestros mejores piropos con el balón. 

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