¿Estado o Mercado? Una falsa disyuntiva… y más en crisis

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Por: Pablo Sanabria – Profesor Asociado Escuela de Gobierno Universidad de los Andes

La crisis del COVID-19 ha vuelto a traer la discusión sempiterna y bizantina acerca de si es el Estado o el mercado la respuesta a la crisis y a sus efectos. Defensores del Estado han advertido que ahora sí viene el Estado de vuelta. Puede que no sea impreciso decirlo, se requiere coordinación, solución de fallas de mercado y fallas de gobierno, regulación, orden y justicia, búsqueda de recursos, focalización y atención a los más vulnerables, etc., pero se olvidan de que sin privados y sin sociedad civil difícilmente existe todo lo anterior. Por su lado, los defensores de la libertad y del mercado recuerdan la necesidad de la inversión y la iniciativa privada, de la innovación y el rol fundamental del mercado, pero amenazan apocalipsis y terrores del mundo burocrático, intervención estatal en las vidas de las personas y desestimulo a las actividades privadas. Cada uno tira para su lado y es posible que ninguno tenga la razón, lo interesante es que puede que los dos extremos tengan la razón, pero quizás los dos al tiempo, no uno solo de los bandos.

Las crisis y el manejo de emergencias implican unos niveles de coordinación que el mercado no alcanza a generar. Las sociedades deben entonces recurrir a estructuras colectivas, en el marco de sistemas políticos democráticos o autoritarios, que permitan evitar la pesadilla hobbesiana de descontrol y anarquía humana, asegurar derechos de propiedad, planear y organizar mecanismos de protección social y de colaboración/coordinación entre personas, grupos, organizaciones, así como respuestas públicas a múltiples riesgos que surgen en emergencias colectivas y para los cuales las respuestas privadas son insuficientes. Por su parte el mercado debe continuar facilitando las actividades productivas, el comercio, la inversión, de forma que el ciclo económico continúe y tanto personas, como hogares y unidades productivas puedan operar sus actividades de producción y consumo. Son estas actividades las que en últimas sostienen la sociedad, los arreglos institucionales y al Estado con las contribuciones e impuestos. El Estado no existe sin las actividades particulares, individuales y colectivas, sin los aportes del sector privado y de la sociedad civil, pero la actividad privada no existe sin unos mecanismos de coordinación colectiva, de protección de derechos de propiedad y sin la provisión de bienes y servicios públicos.

En últimas existe un delicado equilibrio entre estado/sociedad/mercado, que permite un orden social y la continuidad de las vidas de personas y organizaciones, con sus derechos y obligaciones, con su autonomía para definir decisiones y comportamientos, dentro de un marco institucional formal e informal. Esta crisis pone en riesgo ese equilibrio. Por la forma en que opera y rompe con los comportamientos, los movimientos, las rutinas, las decisiones individuales y colectivas, las actividades de los diferentes sectores económicos, e incluso la cohesión social. Pero la respuesta a la crisis no puede venir solo del mercado o sólo del Estado, pues serán respuestas parciales, insuficientes, descoordinadas, desfinanciadas. Proponer escenarios donde sólo el Estado es el único salvador, o donde el mercado y los privados se autorregulan y buscan el bien común es poco realista.

Lo que se requiere es capacidad institucional y esa capacidad se construye desde la sociedad misma. Se construye desde las elecciones, decisiones y acciones de los ciudadanos, individuales y colectivas. Suelo repetir a mis estudiantes que no hay Estados fuertes sin sociedades fuertes. No hay Estado sin actores privados, sin grupos de ciudadanos organizados, sin organizaciones de la sociedad civil que busquen de diferentes formas de objetivos, que pueden ser particulares, pero que apunten al bienestar colectivo, que generen valor público, incluso desde lo privado, especialmente desde lo privado. Tampoco hay capacidad institucional sin estados capaces, bien financiados, diseñados para responder de forma efectiva a las necesidades permanentes de los ciudadanos y a las contingencias y crisis que se presenten. Equipados para eliminar practicas clientelistas, de captura del Estado y corrupción, que frecuentemente nacen de la ambición particular e intereses y excesos privados, así muchos olviden esa conexión.

La respuesta de los Estados, sociedades y gobiernos a las crisis es de improvisación. No se puede esperar algo diferente pues de lo contrario no sería una crisis sino una situación normal. Cada crisis es inédita y como tal requiere respuestas inéditas, estatales y privadas. Los gobiernos improvisan y se pone a prueba la capacidad de Estados y sociedades. Pocas crisis recientes han puesto de frente la vulnerabilidad de nuestra individualidad y nuestra colectividad, como la pandemia actual. Se requieren mecanismos de planeación y coordinación que alineen objetivos, articulen recursos, limiten comportamientos y externalidades negativas, y propicien la protección de la población y el sistema frente a los riesgos. Se requieren mecanismos que protejan la actividad privada, la sostenibilidad del aparato productivo, el empleo y el bienestar de personas y familias. Nada de eso ocurre con respuestas extremas del espectro estado-mercado, ocurren en la frontera entre los dos, el punto donde se encuentran, no aquel donde están más lejos. 

Sin embargo, este es un debate usualmente caldeado y con descalificativos de lado y lado que no aportan mucho a la formulación de alternativas concretas de respuesta a los problemas ni a la creación de capacidad institucional. Los argumentos competitivos y reduccionistas invalidan usualmente cualquier posibilidad de construcción conjunta y nos desvían del objetivo central: responder de forma efectiva como sociedad, como grupo humano a la crisis. La clave es poner a disposición mecanismos tanto de Estado como de mercado que de forma conjunta aporten a la solución. Es con colaboración intersectorial, con gobernanza colaborativa, diríamos desde la gestión y las políticas públicas, es creando valor compartido como podremos ser más efectivos frente a un reto que nos puede poner contra las cuerdas. De forma premonitoria en 1974 la Academia Sueca otorgó el premio Nobel de Economía compartido a Friedrich von Hayek y a Gunnar Myrdal, el primero de la Escuela Austriaca, promotora del libertarismo, y el segundo promotor del modelo de Estado de Bienestar que influyó fuertemente en políticas públicas en Escandinavia. El premio causó cierta conmoción por llamar a dos personajes de posiciones ideológicas tan encontradas, pero quizás puso de plano la importancia de construir conjuntamente. En este momento de crisis, habrá que tener en mente el llamado implícito de la Academia Sueca y el Banco de Suecia en 1974. 

 

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