Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Estados y desarrollo

TRES CONOCIDOS INVESTIGADORES, entre ellos un premio Nobel, publicaron hace poco un libro sobre el estado, la violencia y el desarrollo (North, Wallis y Weingast, 2009: Violence and Social Order, Cambridge University Press).

Es desaforadamente ambicioso (promete la construcción de “un marco conceptual para interpretar la historia humana registrada”). También incurre en numerosas inconsistencias e inferencias mecánicas y queda muy lejos de probar todas sus proposiciones básicas. Pese a ello, es también fantásticamente interesante y está lleno de atisbos estupendos.

Una de las áreas en donde más sólido y poderoso se muestra es en la identificación de los rasgos que separan a los estados desarrollados de los demás. Para los autores, hay dos clases de estados: los “naturales” (divididos a su vez en frágiles, básicos y maduros) y los “órdenes de acceso abierto”. ¿Qué diferencia hay entre una y otra categoría? Básicamente, sucesivos procesos de incorporación que generan un ethos de igualdad, entrada sin restricción de todos los agentes a diversos dominios de la actividad humana (política, educación), potenciamiento de la capacidad de construir organizaciones “perpetuas” en esos dominios y regulación de todas las interacciones públicas o de mercado por reglas de juego impersonales. El texto muestra con gran claridad cómo y por qué estas dimensiones se refuerzan mutuamente. Por ejemplo, la igualdad es imposible sin reglas impersonales. Es típico de los estados naturales —sobre todo de los frágiles— construir alrededor sólo de individuos y limitar la capacidad de organización de sectores específicos de la sociedad. El libro también hace una excelente tarea demostrando cómo a veces los líderes personalistas están atrapados por su propio poder. Quisieran, valga por caso, proveer beneficios con base en reglas universalistas para evitar que se generen rentas ineficientes. Pero no pueden, porque su promesa de autorrestricción y de no torcer las reglas no es creíble. No son lo suficientemente débiles como para poder gobernar bien.

 ¿Cómo explicar entonces los milagros económicos alcanzados por algunos regímenes cerrados? (Corea del Sur, Taiwán). North, Wallis y Weingast establecen que la transición de estado natural a orden abierto no es lineal y que no está garantizada. En casos como el de Corea del Sur, oleadas iniciales de incorporación (por ejemplo a través de su drástica reforma agraria) permitieron a diversos agentes establecer “cabezas de puente” organizacionales en áreas críticas, obligando a los de arriba a competir y a inventar nuevas formas de conquistar la legitimidad. Esto disparó círculos virtuosos que mostraron a las élites políticas que la introducción de reglas impersonales también era beneficiosa para ellas. En toda la argumentación, el concepto de “destrucción creativa” de Schumpeter juega un papel clave. Sólo quienes tienen que competir innovan y mejoran su desempeño. Gobernantes capaces de desmantelar las esferas de interacción impersonal pueden así bloquear las presiones desde abajo, pero precisamente por ello no se exponen al vital proceso de aprendizaje involucrado en la competencia. Se condenan a sí mismos a la ineficiencia, y a sus sociedades al subdesarrollo.

 

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