Por: Iván Mejía Álvarez

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A Uruguay le encanta asumir el papel de víctima.

 Ellos mismos se burlan de su destino cuando hablan del ‘paisito’, el mas pequeño de América del Sur, con apenas cuatro millones de habitantes, para después inflarse de orgullo al pregonar sus títulos y sus bondades.

Los uruguayos llegan posando de víctimas, se sienten perseguidos por el planeta fútbol y afirman que Colombia tuvo mucho que ver en la sanción a Suárez, lo cual es falso. A Suárez lo castigó la Fifa en plan populista y mediático. El castigo resultó desproporcionado en relación con la falta, violando parámetros jurídicos universales, pero esa entidad, llena de sinvergüenzas que venden y compran sedes mundialistas, necesitaba ese golpe de opinión para proclamar un fair play.

El plan de víctimas hace más peligrosos a los uruguayos. Los convierte en poco vulnerables frente a los fallos del juez, condicionado de antemano por la sanción a Suárez. Tendrán vía libre para golpear, llevar el partido a niveles físicos extremos. Difícilmente el juez sacará una roja a un jugador charrúa, pues sería aumentar la leyenda del victimismo.

Colombia no puede hacerles el juego a los uruguayos y tendrá que asumir un rol determinante para evitar que el partido se juegue en el terreno que ellos pretenden, entre golpes, refriegas, discusiones, empujones y violencia. Sin dejarse intimidar, con personalidad en la protesta ante el juez por los golpes, pero sin caer en la violencia. Este equipo sabe jugar al fútbol, tiene que querer la pelota, ponerla al piso, hacerla correr, circular, cambiando de orientación, moviendo a los uruguayos de costado a costado para sacar provecho de una mejor condición física.

Mientras Colombia descansó su titular y llega con nueve días de reacondicionamiento, los uruguayos jugaron contra Italia una ‘final’ en Natal a 38 grados, con solo cuatro días para reponerse. Hay una ventaja evidente en el plano físico gracias a la sabia elección de Pékerman de darle reposo a su línea titular. Y eso hay que hacerlo valer en el campo, con intensidad, llevando el partido a un ritmo frenético que desfonde a los uruguayos.

Atacar con orden, audacia e inteligencia, lo que incluye circulación y paciencia para no desbocarse y perder la bola. Cada pérdida de balón significa la posibilidad de un contraataque por la vía Cavani. Tapar al lanzador y capturar al receptor, pilares básicos del trabajo defensivo.

Pero, donde más daño pueden hacer y donde los uruguayos jugarán todas sus fichas, es en la pelota quieta. El marcaje sobre Godín en las jugadas de tiro de esquina y a balón parado desde los costados tiene que ser total. Godín es más peligroso en los envíos desde la derecha y sus compañeros saben fabricarle cortinas y bloqueos para que pueda levantarse en el golpe de cabeza.

El jugador fundamental para romper la estructura defensiva uruguaya es Cuadrado. Su movilidad y habilidad pueden descorchar la lata. Cuadrado debe rotar mucho y no estacionarse en la derecha. La yunta Cuadrado-James, una pequeña y letal sociedad, debe hacer el trabajo para que Teófilo con sus desmarques dé apoyo ayude en la circulación de la pelota.

En la cancha el tema de Suárez no importa, no interesa que los uruguayos se quieran hacer las víctimas. En la cancha hay que jugar como si fuera la final del Mundial.

Vamos, selección, nadie se quiere despertar de este sueño. Todos quieren seguir viviendo este romance y Maracaná debe ser el teatro ideal para consumar el idilio.

 

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