Por: Esteban Carlos Mejía
Rabo de paja

¿Estamos dormidos o muertos?

Mi amiga Isabel Barragán está vestida con un trapo políticamente incorrecto: un top semitransparente que deja ver lo cóncavo y convexo. Su bronceado es perfecto, a pesar de tanto aguacero en el valle de Aburrá. Los ojos verdes botella centellean con picardía. Y el cuerpito, oh, dioses, vibra con indescriptible salacidad.

“Deberías leer esta novela para que te retuerzas de verde envidia”, dice. Me pasa un mamotreto de 480 páginas con un sonoro título, Los dormidos y los muertos, una novela de Gustavo López, en Rey Naranjo, septiembre de 2018. “Es de lo mejor que he leído este año”, agrega. “Tiene dos líneas narrativas paralelas que convergen y se juntan sin indulgencia”. “¿Cómo así?”, digo. “Por un lado, una recreación libre y socarrona de la historia patria desde 1946 hasta 1966, dos décadas de puro dolor, miserias y desesperanza, con flashbacks a otros sórdidos episodios de Colombia”.

“A mí me encantan las novelas históricas”, digo, mientras hojeo el librote. “Pues en esta abundan los individuos ambiguos”, se burla Isabel. “Su Excelencia Laureano Eleuterio Gómez, quincuagésimo sexto presidente de la República, el Hombre Tempestad, el Monstruo. El Teniente General Gustavo Rojas Pinilla, Gurropín. Alberto Lleras Camargo, escribidor enredado en la política. Guillermo León Valencia, lambón de lambones, matarife y putero. Casi al final la línea histórica se cruza con la otra, de ficción, cuando aparece en escena el revolucionario más noble y auténtico, inocente e indefenso que ha dado este país de revolucionarios impuros y ruines: el padre Camilo Torres Restrepo”. “¡Guau!”, exclamo sin querer. Isabel hace un puchero con sus labios de mi martirio. “La línea novelesca en sí es la vida, pasión y muerte de la familia de Deogracias Almanza, de Pamplona, Norte de Santander, y afincado en Manizales, Caldas: ultraconservadores, ultracatólicos, ultradesdichados.”

Isabel se emociona: “La narración es un torrente veloz y nítido, con la frescura y la naturalidad de los cuenteros de las fondas de antes. El lenguaje no es grecocaldense ni mucho menos grecoquimbaya. Fluye con liberalidad hasta engolosinarnos y lograr que nos enamoremos de los atormentados personajes: León, Eccehomo o la Luxemburgo… cosita rica”. Abro los ojos. Ella encoge los hombros: “Ya sé lo que estás pensando, bandido. Confunda, pero no ofenda”. Y suelta una carcajada efervescente.

“Para mi gusto, hoy en día en Manizales hay tres escritores sobresalientes: Octavio Escobar, Pablo Rolando Arango y Gustavo López”, dice, contenta. Y me informa que Gustavo ganó en 2011 el X Concurso Nacional de Novela y Cuento de la Cámara de Comercio de Medellín con un libro de relatos, De cómo Johny el leproso se anticipó a la muerte, en el que debuta el inspector Soacha, ícono de los detectives de ficción en Colombia. Saco mi Moleskine de Norma, 910 – OF, y anoto nombres y títulos. “La que sabe, sabe”. “Y el que no sabe, es el jefe”, se vuelve a mofar.

Alza un dedito índice y sentencia: “Esta novela escandalizará a las almas pacatas de Manizales de armiño. Sobre todo, por su exaltado desahogo final: «Adiós país de mi vida breve, sepultura cochambrosa de sus mejores hijos, corral de bestias babeantes, pocilga de pícaros y cafres, cementerio de cretinos de la concha de la madre que los malparió». Ah, ¿cómo te parece” “¡Uf!”, digo, con la boca abierta. Y siento hasta ganas de rezarle una jaculatoria al Sagrado Corazón de Jesús.

@EstebanCarlosM

 

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