Por: Juan Carlos Botero

Estamos lejos todavía

A veces comprobamos lo lejos que estamos de una meta crucial y lo mucho que aún nos falta por recorrer.

Es como el alpinista que, tras un esfuerzo colosal, luchando contra el frío, la fatiga y los vientos helados, vislumbra la cumbre que está próxima. Sin embargo, cuando por fin la alcanza, en seguida advierte, con indecible desaliento, que aquella cima no era más que una roca asomada y que la cresta de la montaña aún está lejos, perdida entre las nubes. Así sucede con el racismo en los EE.UU.

Al elegir a un hombre de piel morena como presidente de este país, creímos que habíamos cruzado el umbral de la tolerancia y clavado el último puntillazo a la discriminación racial. Sin duda, la elección de Obama representó un verdadero triunfo de progreso social, pero ahora sabemos que ese triunfo tenía límites claros.

Por lo visto esta potencia mundial todavía no está lista para la presidencia de una persona de color. Para elegirla sí. Y quizá hasta para reelegirla. Pero no para que gobierne. Se requería de mucha tolerancia y, más que tolerancia, de aceptación, para que este país (que hace menos de 150 años tenía esclavos cultivando sus tierras y hace menos de 50 años seguía luchando para defender las libertades cívicas de la raza negra) permitiera que un hombre de descendencia africana ganara la presidencia. Eso no se discute. Pero es desalentador comprobar que eso no bastaba; que no era suficiente que Obama ganara las elecciones. El país requería de más tolerancia, y de muchísima más aceptación, para permitir que este hombre realmente gobernara la nación. Y ahí chocamos con las nuevas barreras del racismo. Es como si los grupos de presión, los millonarios, los industriales y los sectores más influyentes de la sociedad hubieran dicho: “Está bien. Dejaremos que ustedes se diviertan y elijan a un negro para ser presidente. Pero se equivocan mucho si creen que vamos a permitir que él gobierne”.

En verdad, Obama no ha podido gobernar. Todo lo que ha propuesto ha sido rechazado por los republicanos. No importa si la idea ha sido apoyada por ellos en otras ocasiones, y ni siquiera si está inspirada en tesis republicanas, como sucedió con la reforma a la salud. Todo lo que sale de la boca de Obama es inaceptable. Incluso este partido está dispuesto a hundir el país con tal de torpedear su mandato. Han amenazado con cerrar el gobierno dos veces. Inventaron un problema innecesario, el límite de la deuda, con tal de lastimar al presidente. Su campaña de desprestigio ha sido tan exitosa que el 25% del país todavía cree que Obama no es americano, y el 12% aún piensa que es musulmán. Al tratar de reformar la reglas del sector financiero para impedir una crisis como la anterior (y de la cual aún no salimos a flote), los líderes de Wall Street lo compararon con Hitler. Al sugerir rehacer la infraestructura del país, que está desmoronada, lo que produciría miles de empleos perentorios, los republicanos dicen que de ninguna manera. Obama ha cometido errores, claro. Pero no hay forma de que él gobierne. Y todo por el color de su piel, y porque se llama Barack Obama.

Por un momento creímos que habíamos progresado como especie. Pero ahora vemos que la meta de la tolerancia y la aceptación racial aún está lejos. Perdida entre las nubes.

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