"El joropo es la altanería del llanero": Cholo Valderrama

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Por: Klaus Ziegler

¿Estamos solos?

En agosto de 1996, científicos de la NASA revelaron la existencia de una roca extraordinaria: el meteorito ALH 84001, un fragmento de suelo marciano que encontró su destino final en las desoladas montañas antárticas tras ser catapultado por la colisión de un enorme asteroide y después de vagar por el espacio estelar durante dieciséis millones de años.

Pequeñas burbujas atrapadas en su interior reflejan con precisión la atmósfera del planeta rojo. La presencia de glóbulos de carbonatos entre las grietas mineralizadas sugieren un pasado en el que alguna vez abundó el agua. Bajo el microscopio electrónico pueden apreciarse estructuras tubulares, presuntos fósiles de antiquísimos microorganismos de apenas veinte nanómetros de largo, cien veces más pequeños que cualquier otra bacteria jamás hallada en la Tierra.

La noticia causó furor, y hasta la Casa Blanca se pronunció sobre el hallazgo. Pero con el paso de los días las expectativas fueron disminuyendo, y las esperanzas de haber encontrado vida extraterrestre se desvanecieron. No había manera de saber con certeza si las supuestas bacterias fósiles no eran más que contaminación con material biológico terrestre. También se objetó que las moléculas orgánicas halladas en la roca podrían haberse formado sin la mediación de agentes vivos. La balanza fue inclinándose a favor de los escépticos, y la historia finalmente desapareció de los medios.

Pero todavía queda mucho por explicar. Los collares de magnetita encontrados en los intersticios del meteorito, por ejemplo, son en extremo raros, y se asocian a la actividad biológica de magneto-bacterias que utilizan este mineral a manera de brújula para moverse en busca de nutrientes. Pero si estas bacterias requieren la presencia de oxígeno, ello indicaría que Marte tal vez alojó organismos fotosintéticos en un pasado remoto. Cabe especular que fue un meteorito procedente de ese planeta el portador de la chispa que propagó la llama de la vida en la Tierra. Si así ocurrió, ¡los extraterrestres seríamos nosotros! Pero afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias, y la carga de la prueba recae en los defensores de la vida marciana.

¿Estamos solos en el universo? La mayoría contestaría con un “no” rotundo. Y es explicable, si tenemos en cuenta el constante bombardeo de basura mediática de canales como “History Channel” y otros medios de desinformación, sin escrúpulos a la hora de pasar esas series trilladas y ridículas sobre alienígenas, abducciones y grandes conspiraciones que pretenden ocultar (nunca se explica por qué) las visitas extraterrestres. Todavía hay público, según parece, para más cuentos infantiles sobre OVNIS y seres con cabezas abultadas y ojos de reptil. ¿Y cuál sería la razón para esas visitas siderales? Además del gusto por secuestrar a unos cuantos locos para satisfacer sus perversiones alienígenas, pareciera que el único motivo fuese aterrorizar a uno que otro conductor en una carretera desolada, o simplemente invitar a Sixto Paz y a otros ufólogos a dar una vuelta en platillo volador por los Andes peruanos.

Tratándose de periodismo vulgar, los medios colombianos no se quedan atrás. Hace poco, y a raíz de algunas imágenes que claramente corresponden a un meteorito que cruza el cielo de una población de Santander, CaracolTV realizó un reportaje titulado “Nave extraterrestre cayó en Colombia”, el cual incluye entrevistas con reconocidos ufólogos. Y en México, hace unos años, otro canal de televisión pasó la noticia de un bebé alienígena hallado en una trampa para ratones, el “extraño” caso Metepec, “el Roswell mexicano”, un montaje con un monigote ridículo, mucho más burdo que el muñeco de látex relleno de carne de pollo del famoso video de la autopsia extraterrestre.

Dejando de lado esas boberías, ¿qué tan probable es que haya alguien allá, afuera? En 1969, el astrónomo Frank Drake introdujo una célebre ecuación para estimar el número de civilizaciones extraterrestres. Su fórmula, un producto de siete factores, no puede ser más burda, más simplista, más pueril, además de inútil, pues resulta imposible estimar el valor de las variables. Seudociencia ordinaria se invoca a la hora de calcular ciertos parámetros, como el porcentaje de estrellas que poseen planetas habitables o la probabilidad de que estos alberguen seres con capacidad tecnológica. De ahí que los cálculos arrojen valores tan dispares como diez millones de civilizaciones, o solamente una. ¿Qué pensaríamos de una ecuación que predijera una distancia de diez millones de kilómetros para nuestro sol, según unos cálculos, y de un kilómetro, según otros?

Existe, no obstante, literatura científica seria dedicada a examinar las posibilidades de que exista vida similar a la nuestra en algún planeta remoto. Algunos astrobiólogos han alegado que la temprana aparición de vida en la Tierra sería prueba indirecta de su factibilidad. Según esta opinión, la vida (bajo ciertas definiciones) podría ser más común de lo pensado. Pero en un artículo reciente, David Spiegel y Edwin Turner, profesores de Princeton, desarrollaron un modelo bayesiano en el que consideran varios escenarios para la abiogénesis. El estudio estadístico muestra que el hecho de que la vida pululara sobre la Tierra cuando esta aún no terminaba de enfriarse, no implica en absoluto que el fenómeno vital esté destinado a emerger tarde o temprano. Las conclusiones no son alentadoras.
De otro lado, un hallazgo extraordinario parece renovar las esperanzas. En 2005, utilizando información de la sonda Cassini, el astrofísico Chris MacKay conjeturó la existencia de considerables cantidades de acetileno en la superficie de Titán, la gran luna de Saturno, producto de reacciones químicas en la atmósfera superior. Sin embargo, jamás se hallaron rastros del hidrocarburo. ¿Cómo pudo evaporarse? Es factible que la radiación cósmica lo desintegrara. Pero existe otra posibilidad aterradora: el gas estaría siendo devorado por una forma alienígena de vida microbiana, criaturas que se alimentan de acetileno e hidrógeno. Una especulación atrevida, sin duda.

¿Y qué podría decirse sobre la existencia de seres inteligentes capaces de desarrollar tecnología avanzada? Algunos dan por sentado que un cerebro sofisticado debe ser una consecuencia inexorable del aumento de complejidad propio de algunos sistemas dinámicos. Para ver cuán antropocéntrica resulta ser esta creencia, consideremos otro órgano sofisticado y único: la trompa del elefante. ¿Pensaríamos acaso que estos complejos apéndices (o algo equivalente) deban proliferar en el universo como corolario inevitable del proceso de selección natural? En su libro, “Rare Earth”, los paleontólogos Peter Ward y Donald Brownlee sostienen que de hecho cualquier organismo “complejo” (una medusa, por ejemplo) constituye una monstruosidad en extremo anómala, una entidad excepcional en el universo.
Resulta perturbador pensar que nuestro pequeño planeta azul, en la órbita de una estrella sin atributos especiales, en uno de los brazos de una galaxia promedio entre trillones, sea en realidad un lugar singular y único. Que cada criatura, desde la más insignificante hasta la más conspicua, sea el resultado de un improbabilísimo accidente cósmico, irrepetible, sublime. Contemplar la idea de que el universo esté afinado para albergar una sola forma de consciencia, la nuestra, produce escalofríos.

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