¡Están cerrados los templos, no las iglesias!

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Por estos días continúa en el radar de distintos medios de comunicación la pregunta de si es oportuno reabrir o no los templos* en tiempos de COVID-19.

Incluso un ciudadano interpuso una acción de tutela contra el presidente de la República de Colombia, Iván Duque, y otros gobernantes, por considerar que la decisión del Gobierno de mantener los templos religiosos cerrados, en el marco de la pandemia, vulnera el derecho a la libertad religiosa y el derecho a la igualdad.

Planteada esta situación, considero que estamos ante una valiosa oportunidad para preguntarnos ¿qué es la iglesia? Dadas las distintas opiniones con relación al tema en cuestión, se concluye de manera casi general y “lógica” que la sociedad (confesante de una creencia o no) entiende “iglesia” como sinónimo de templo o lugar de reunión para fines litúrgicos o religiosos.

Vale la pena hacer una precisión. El término traducido como “iglesia” viene de una palabra del griego koiné (ekklhsia) compuesta por el prefijo ek (ek/ex: de, desde afuera) y el verbo kalein (kalein: llamar, convocar, reunir).

Llama la atención que incluso en la antigua Atenas la ekklhsia era la asamblea de los ciudadanos reunidos para discutir asuntos políticos. Son los autores del Nuevo Testamento quienes van a hacer la metamorfosis semántica del griego clásico al griego koiné, para hablar ahora de la ekklhsia como “el encuentro de aquellos que han sido llamados o convocados”, “aquellos que se congregan”, “los que asisten a una asamblea” o simplemente aquellos que “están en comunión”.

¿Se nota la diferencia? Un templo es una cosa, una casa, un objeto, una propiedad, un “algo” que se usa para determinado fin. Mientras que una iglesia hace referencia a las personas, seres humanos, no cosas. Por tanto, seres que no deben ser instrumentalizados. Personas que tienen “cosas en común” (la vida).

De esta manera uno puede entender que entre las prácticas antiguas y fundacionales de las primeras comunidades cristianas todo giraba en torno a las personas y la comunión vivida y experimentada entre ellas: “Todos los creyentes estaban muy unidos y compartían sus bienes entre sí; vendían sus propiedades y todo lo que tenían y repartían el dinero según las necesidades de cada uno [...] Ninguno decía que sus cosas fueran solamente suyas, sino que eran de todos [...]” (Hechos 2:44,45; 4:32).

En el texto citado también mencionan el templo y las casas no como realidades fundacionales del “ser iglesia”, sino como espacios en donde “compartían el pan y comían juntos con alegría y sencillez de corazón” (Hechos 2:46); es decir, como espacios para vivir y experimentar la vida en comunidad, para cuidarse y acompañarse unos a otros, más allá de las actividades que hoy puedan ser consideradas litúrgicas o religiosas.

Por tanto, creo que la pregunta no debe ser si vuelven a abrir las iglesias o no, son otras las preguntas que se deben hacer:

¿La iglesia entiende su razón de ser y su quehacer? ¿Los templos están puestos al servicio de la comunidad, especialmente de aquellos que son más vulnerables? ¿Se entiende la iglesia como una comunidad de personas que están para servir a los demás? Estas preguntas nos pueden volver a encaminar al inicio de lo que vivían las primeras comunidades de fe, para dejar de ver la iglesia como el negocio que cerraron o la empresa que quebró por causa de la pandemia.

*El autor de este texto prefiere hablar de “templos” en lugar de “iglesias”, precisamente, por las implicaciones que dicha definición tiene en el presente escrito.

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