Por: Arturo Guerrero

Estas semanas de mentira

De las próximas seis semanas, solo dos serán completas. Cuatro puentes Emiliani harán de esta mitad de año una vacación intermitente. Será posible saltar literalmente los charcos de la fatiga remunerada, gracias al apoyo de pasarelas festivas.

El país arisco entra en la modorra. Los embrollos del hambre, los paros de maestros, los carajos de los afros, los fusiles guerrilleros a medias, la algarabía impúdica de los precandidatos, toda la puja de la Colombia invariable pasará al congelador.

Es otra navidad, una segunda oportunidad sobre la tierra. Los alarmistas de siempre opinarán que ron, hamaca, playas y verde clorofila son contentillo para el pueblo sufrido, adormecedores de conciencia.

La gente, por el contrario, sabe dorar la piel bajo el rayo gratuito del sol gratuito. Comprende que la severidad no es método ni propósito de ninguna causa que prometa contento. Ha observado que de este rigor cartujo han salido las peores tiranías de los siglos.

Como a propósito, el novelista Dostoievski suspiró: "El hombre se complace en enumerar sus pesares, pero no enumera sus alegrías".

Se ve todos los días. La mujer que llama a sus amigas solo para poner en lista los órganos que le duelen, el tumor que puede ser maligno, los doctores que no alivian, la maldad de los hijos calavera. Se le va la vida agriando el hígado.

El hombre resentido que les cobra a los vecinos el martirio prolongado de su opresión asalariada. El dueño de mascota que prolonga los eslabones de violencia, con patadas en las costillas de su perro.

Los pesares pesan más porque conquistan más presencia en la mente y estómago del pesaroso. Llegan así a transformarse en segunda naturaleza del protagonista que rezonga. Se vuelven piel ulcerada sobre la piel inocente.

Buena parte de la agresividad notoria en Colombia hunde raíces en el olvido de las alegrías. La inclinación maligna hacia el vaso medio vacío lleva a desperdiciar el regocijo líquido que entrega la otra mitad del vaso.

Así que bienvenidas estas seis semanas recortadas. Servirán para absorber la gula de sentirse libre. Para bajar el acelerador del tren usurero. Si un fin de semana no alcanza para respirar el olor de los jazmines, se tendrán tres días dedicados a perfumar los pulmones sin remordimiento.

Hoy, cuando días y horas no duran lo que acostumbraban antes, cualquiera logrará cambiar de reloj espiritual con solo viajar pocos kilómetros hasta el campo donde las vacas rumian un tiempo relativo desde mucho antes de que Einstein escribiera su fórmula que pretende refutar Vallejo.

Los ciclistas podrán empujar sobre el musgo de las cumbres, en vez de atafagarse sobre los pedales de la competencia. No hay afán de llegar a ningún lado, basta con trasladarse de un punto al mismo punto habiendo dado la entera vuelta al mundo.

Quién sabe si el congresista Emiliani, cuando presentó la ley de festivos, calculó que esta navidad de mitad de año serviría de puente entre la guerra y el posconflicto. Del todos modos, hay que seguir agradeciéndole estas semanas de mentira.

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