Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

Estatuas (¿de sal?)

El retiro de la estatua del general Robert E. Lee, “héroe” de la Guerra de Secesión, le sirvió de excusa a racistas y xenófobos para celebrar juntos su odio en Virginia. Esa lectura de los hechos de Charlottesville es una posibilidad entre tantas.

También lo es el aceptar determinadas versiones de la Historia —la oficial, las alternativas o el revisionismo—, lo cual no es otra cosa que interpretarla con amaño (basta evocar a José Obdulio Gaviria hablando de migrantes en lugar de desplazados en Colombia).

Que el monumento de Lee sea el pretexto para pensar en nuestros memorables de piedra.

En Antioquia solemos honrar las vidas de quienes luchan guerras y amasan fortunas. (A las mujeres se las talla directamente sobre la carne viva, cual esculturas ambulantes —cuando no muertas— en su intento de permanecer en la memoria de otros. Pero los hombres también tienen reveses de fortuna: Atanasio Girardot padeció su segundo Bárbula en el centro de Medellín cuando su busto fue robado y recuperado).

Decían Jon Favreau y Dan Pfeiffer en un audio de Pod Save America: “Las estatuas no solo son para recordar a la gente. Son para celebrar su vida. Por eso no erigimos estatuas de Hitler para conmemorar el Holocausto, ni de Osama bin Laden para recordar el 11 de septiembre”. Estos analistas políticos sugieren que aquellas imágenes que por alguna razón se erigieron en un lugar público (como la de Lee) podrían ir a la galería de un museo para ilustrar uno de tantos discursos de la Historia y convertirse en herramienta pedagógica. La distancia en el tiempo entre la vida del personaje y el momento histórico en el cual se levanta su monumento es un asunto clave.

¿Quiénes y cómo nos cuentan la Historia en las calles por medio de las imágenes públicas? ¿Cuestionamos ese relato? ¿Cuántas estatuas habría que remover si hiciésemos una crítica rigurosa?

En un parquecito de Santa Fe de Antioquia permanece el busto del hidalgo Jorge Robledo. La leyenda del mariscal Robledo cuenta que en sus primeras campañas se distinguió de otros conquistadores por su trato benevolente hacia los indígenas. No obstante, cuando unos nativos lo hirieron en una batalla en Pozo (Antioquia), sus soldados soltaron sobre los prisioneros inermes una jauría de perros de presa. Al guerrero andaluz le quedó gustando el método, como a otros de su ralea: no solo liberaba a sus perros para despedazar indígenas; también cercenaba manos, orejas y narices.

¿Que eran otras épocas? ¡De sus pedestales han caído Sadam Hussein, Lenin, Stalin... !

Y, entonces, ¿a quién hemos dejado de honrar?

Ayer se conmemoraron 30 años del asesinato de Héctor Abad Gómez. En la Escuela Nacional de Salud Pública de la Universidad de Antioquia hay un busto en su honor. ¿Por qué no solemos encontrar la imagen de un defensor de derechos humanos —o de un científico, un artista, una mujer por méritos propios— en un lugar con gran afluencia de transeúntes?

Cómo celebramos la vida y obra de los seres humanos: solo pensarlo petrifica.

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