Por: Cartas de los lectores

Estigmatización

El profesor Mauricio Archila fue, hace 20 años, uno de mis primeros profesores en el programa de la maestría de Historia en la Universidad Nacional. Su tono mesurado, su actitud abierta y disponible para sus estudiantes, su verdadero interés no solo académico sino llanamente humano, así como su enfoque en la investigación, hicieron de su clase un verdadero impulso para escribir la historia “desde abajo”. Para el Dr. Archila, la narrativa de un pueblo se encuentra en los actos, decisiones y expresiones de quienes trabajan cada día para ganarse el pan y en la reacción de ellos hacia quienes pretenden ser sus líderes y dirigentes y no al revés. Si pudiera leer esa narrativa con su “corazón grande” en vez de con su “mano firme”, el senador Álvaro Uribe podría encontrar y aprender esa narrativa en los escritos del Dr. Archila, en vez de acusarlos de “calumniosos y apologistas del terrorismo”, en su mensaje del 9 de noviembre.

En esa comunicación, el senador Uribe mencionó al Cinep como si fuera una vileza más. Como estudiante de su clase, Mauricio Archila y yo encontramos, por medio del Cinep, una amiga en común: la monja norteamericana Clara Delpin. El Cinep y la hermana Clara estaban involucrados en la investigación del caso de cacería de brujas que tuvo lugar en Trujillo, Valle —una tragedia que empezó a finales de los años 80, cuando fuerzas extrajudiciales empezaron a torturar y a matar personas inocentes, mientras buscaban guerrilleros y simpatizantes. Después de decenas de muertos, incluido el párroco del pueblo, el gobierno de Ernesto Samper admitió la culpabilidad del Estado en ese asunto tan triste— fui a Trujillo con la Hermana Clara a celebrar esa pequeña victoria, pero los testigos del crimen seguían siendo perseguidos.

Las palabras acusadoras del senador hacia uno de mis profesores más inspiradores me recordaron a Trujillo. Las palabras de unos pocos personajes claves pueden implicar el asesinato selectivo de unos y la masacre de otros. Colombia sigue contando ahora mismo por decenas los nombres de los que trabajan para los derechos humanos que han sido asesinados por desconocidos, desde que fue pactada la paz con las Farc. Ser acusado, como el Dr. Archila, de ser “apologista del terrorismo” tiene consecuencias nefastas para quienes, mediante un trabajo a conciencia, están simplemente intentando crear un país mejor, fundado en la justicia y en la convivencia.

Mi enfoque de investigación como historiador es la retórica política en Colombia, en los años 30 y 40, en vísperas de La Violencia. En su entrevista con Semana, el Dr. Archila mencionó que la Comisión de la Verdad podría extender su estudio hasta mucho atrás, hasta antes del origen oficial de la Farc en 1964; en eso estoy de acuerdo —tendrían que recordar los 200.000 muertos del conflicto interno de los últimos 50 años y no descontar los 200.000 masacrados en las dos décadas anteriores a los años 60. Por supuesto, escogí mi tema inspirado en la clase de Mauricio Archila (y en las de los demás miembros de mi comité de tesis: Eduardo Sáenz Rovner, César Ayala Diago y Carlos Miguel Ortiz Sarmiento).

En la época que estudio, algunos dibujaban a los liberales como parte de una conspiración internacional de judíos, masones y comunistas en contra del cristianismo, mientras otros presentaban a los conservadores como involucrados en un complot global de nazis, falangistas y curas mojigatos que querían regresar al país a las tinieblas. En esa retórica, los “otros” eran unos antipatriotas, que merecían ser eliminados antes de que nos destruyeran a “nosotros”. Así, Colombia pasó de ser una de las pocas democracias en América Latina a ser un país anegado en un conflicto sangriento, que desde entonces preparó el escenario para las nuevas violencias —de la guerrilla, de los paramilitares, del narcotráfico, y hasta de la violencia doméstica y contra la mujer y los niños—.

Así, pues, que el senador Uribe Vélez tome conciencia del poder de la palabra, aunque sea puesta en 140 caracteres a las 5 de la mañana, y que sea capaz de darse cuenta de que la paz y la democracia se sostienen en un intercambio de ideas abierto y respetuoso y no con la bilis que tanto ha minado la democracia en Colombia a lo largo de los últimos 100 años. ¡Señor Uribe, lea con corazón grande!

Dr. Thomas J. Williford.

 

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