Por: Ana María Cano Posada

Estilos

Antanas, Antonio, Álvaro, Mockus, Caballero, Uribe: tres estilos.

“Modo, manera, forma de comportamiento. Uso, práctica, costumbre, moda”: dice la RAE que es estilo. Manera de hacer una cosa que resulta característica de una persona, dice el diccionario María Moliner. Y cita estilos: decadente, flamígero, funcional, futurista, idealista, primitivo, acre, brillante, cáustico, doctrinal, efectista, hueco, retorcido, retórico, sencillo, sublime, trabajado.

Dijo Schopenhauer que el estilo es la fisonomía de la mente. Y el ilustrado conde de Buffon sentenció: el estilo es el hombre.

Tres estilos. Expresión de tres visiones del mundo. Y por su confrontación se levanta un revuelo. Colombia es propensa a buscar a quién acatar y se sobresalta. Crece la polémica, pero no llega a ser un debate porque esto necesita oídos para lo que dice el otro y respeto por el contradictor. Y de eso no hay todavía.

Mockus y Caballero son hombres reflexivos. Han construido su vida intelectual sobre la independencia de pensamiento. Son observadores cuidadosos de los modos de ser. El primero es académico, experto en cultura ciudadana. Periodista interpretativo el segundo. Álvaro Uribe, por su lado, es un político ávido y hábil que logra sortear acusaciones volteando la atención general hacia otro.

Antonio Caballero sabe pensar y escribir. Por eso recogió una entrevista de Álvaro Uribe para retratarlo. Subrayó gestos y palabras para mostrar lo que esconde este gobernante curtido, de estilo flamígero, doctrinal, efectista, retórico, y su modo retorcido de convencer de lo que quiere.

En la revista Semana, Caballero en su columna no hace una ofensa al retratar la personalidad alterada del senador Uribe, opositor sistemático de lo que teme: dialogar y oír; sólo reconoce como interlocutor al que le obedece. Y ante el estilo brillante y cáustico del columnista se devuelve el aludido con adjetivos: burgués resentido. Para ofender y atacar el doble expresidente se tiene confianza. Y vocifera con su estilo primitivo que es reconocido en quien se precia de franco y duro.

Estilos contrapuestos: argumento va, golpe viene. Y llega al duelo el metido que nunca falta. Con estilo ramplón y denigrante, llegan a cubrir al papá sus dos herederos dados también al ataque ciego. Optan por lanzar una andanada al profesor Antanas que convoca una marcha el 8 de marzo por la vida, que es sagrada. Mockus, que ha encarnado esta convicción en la academia, en la política y en la creación de cultura ciudadana. Y sus acusadores le dicen que tiene un contrato con la Presidencia de la República para convocarla. Que es pagada. El ladrón juzga por su condición. Quien nada ha hecho que no sea por plata, desconoce la ética del altruista, rara especie para este país sin idealistas, sembrado de intereses y sospechas. Un verdadero patrimonio. El estilo futurista, sencillo y profundo, que identifica a Mockus, es asaltado en su buena fe por quienes buscan escalar poder a toda costa.

La respuesta a la ofensa es clara: si la guerra es simbólica (en redes sociales) y no hay muertos, pues “háganme la guerra”. Muestra cómo disentir y apreciar al otro que es distinto. Dice que “la suspicacia se necesita en la democracia porque es vigilancia, así sea sesgada”. El estilo Mockus de crear formas para ilustrar las diferencias y aceptarlas es el que necesita el posconflicto. Poder pensar fuera del círculo vicioso de abolir al otro. Pequeñas lecciones diarias de respeto nos esperan. Y se agradecen.

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