Por: Lisandro Duque Naranjo
Lo divino y lo humano

Esto es la guerra

Esta columna la escribo habitualmente el sábado y procuro hacerle correcciones el domingo antes de enviarla a la hora del cierre, que es al mediodía. Ya había cumplido mi trabajo sabatino, con otro tema, y supuestamente el artículo escrito estaba listo a salir para pintura, cuando en la noche me sorprendieron los detalles de Noticias Uno acerca de cómo fueron los hechos en una vereda de Convención, Norte de Santander, en la que fue asesinado el exguerrillero de las Farc Dimar Torres, dedicado desde la dejación de armas a la agricultura. Su cuerpo sufrió las vejaciones —se ignora todavía si mientras aún vivía, o después de muerto— de la castración y del destrozo del cráneo en forma contundente. No podía yo, a las 11 de la noche, cambiar la columna ya escrita, pero releyéndola hoy domingo a las 6 a.m. me pareció de una frivolidad espantosa, no tanto por el tema como porque las imágenes en la televisión del exguerrillero asesinado casi no me dejan dormir y me despertaron demasiado temprano. No pude moralmente corregir el artículo anterior, sino que en este madrugón, cuando el sol no se filtraba aún por las rendijas de la persiana, el tema se cambió por cuenta propia y empezó a ocuparse de esa tragedia. No tengo opción distinta a obedecerlo, así que continúo desde lo que escribí hace una hora cuando todavía estaba sonámbulo.

Los asesinos ya le habían cavado la fosa al cadáver, y el cuerpo, desnudo y al lado de su moto, estaba tirado junto al hueco donde iban a taparlo, porque eso no puede llamarse sepultura. No alcanzó a consumarse ese enterramiento apurado, y que debió intentarse entre varios, porque la comunidad, luego de escuchar los disparos, llegó a la sede militar a averiguar indignada por su amigo, que se había despedido hacía poco de ellos. Y descubrieron todo: los rostros de los soldados que habían sido testigos del crimen, o que tal vez lo habían cometido, y a los que el susto de verse rodeados no les impidió ponerse alevosos. Pero a esas personas airadas, entre las que había niños que preguntaban por Dimar, no las paraba nadie, y se metieron a la brava al batallón hasta que descubrieron el cadáver del amigo y las palas y la fosa con la tierra fresca en la que pretendían arrojarlo.

Por allá entre gallos y medianoche, recuerdo que el ministro de Defensa, en el mismo noticiero, decía que la muerte de Dimar había sido causada por la intención de este de quitarle el fusil a un soldado. Y que se enfrascaron en un forcejeo cuerpo a cuerpo. Supuestamente en ese agarrón se disparó el tiro que despedazó la cabeza de Dimar y que después habrá rebotado a impactar sus genitales, dejando ileso el pene para que el soldado tuviera la delicadeza de “colocárselo” encima del vientre al cadáver. Pura patología atávica de los tiempos de los paracos, y de más atrás, de los “pájaros” de los 50, cuando el abuelo del ministro de Defensa era secretario privado de Laureano Gómez. La familia no se pierde.

El presidente, fugado al festival vallenato desde las manifestaciones del 25, sigue con la bata alzada en Valledupar. Allá está con su gabinete tirando la casa por la ventana. ¡Ay, hombe! Y hasta allá llegó el ministro Botero a repetir la historieta de cómo murió Dimar. Y le llevó el afiche ofreciendo $3.000 millones por el Paisa, lo que significa un golpe de Estado a la JEP. Esto es la guerra, señoras y señores.

 

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