Por: Juan Carlos Botero

Esto no es normal

LO QUE CONSIDERAMOS NORMAL no lo es. O, al menos, no debería de serlo. La prueba es lo que está sucediendo en Colombia.

Sin ir más lejos, más de 2.000 jóvenes han caído asesinados en Medellín en los últimos dos años, y en la famosa Comuna 13 de la ciudad ya van cinco raperos matados a bala en apenas año y medio. Además, Luis Eduardo Sierra, un muchacho brillante y juicioso de 18 años, seleccionado como uno de los 100 mejores bachilleres de Medellín en 2010, murió asesinado de camino a su casa luego de regresar unos libros a la biblioteca de su barrio. “Esto es normal”, comentó un vecino en el sepelio del joven. “Aquí pasa todos los días”.

Se trata de un error común en Colombia, y es creer que si algo sucede todos los días es “normal”. Sin duda, lo más terrible y alarmante de la normalidad es que ésta no la determina el contenido de lo que ocurre, sino su frecuencia. Es decir, pensamos que algo es normal cuando sucede a menudo y no importa si aquello es inofensivo o atroz. Por supuesto, el problema surge cuando lo ocurrido es atroz, porque de alguna manera aprendemos a convivir con la barbarie a fuerza de repetición, y sin darnos cuenta bajamos la guardia frente a lo que consideramos tolerable o no, nos insensibilizamos ante el horror y terminamos aceptando hechos, noticias y tragedias que, por el contrario, nos deberían de aterrar, ofender o escandalizar. Calamidades que, en un país civilizado, son moralmente rechazadas de inmediato. Debido a la reincidencia de lo brutal y a nuestra familiaridad con lo inaceptable, lentamente se nos distorsiona el concepto de la realidad, hasta que un día encendemos el noticiero y de pronto comprendemos que tenemos incorporada una inversión de valores tan completa que ya ni siquiera nos impactan las tragedias más espantosas, porque las creemos “normales”.

Insisto: esos dramas no son normales. Y no deberían de serlo. Una cosa es que ocurran con frecuencia y otra es que los interpretemos como admisibles. Que las permitamos. La gente sólo se motiva a rechazar (y eventualmente a cambiar) lo que le produce cólera o indignación, pero lo peligroso de lo normal es que el concepto lleva implícito un mensaje de aprobación social, de tolerancia y aceptación. Pero nuestra realidad no es normal, por cotidiana que sea o común que nos parezca. No son normales nuestros homicidios, en efecto. Ni nuestras calles en ruinas. Ni nuestros políticos corruptos. Ni nuestros secuestros. Ni nuestros paramilitares. Ni nuestras masacres. Ni nuestra guerrilla. Ni nuestra desigualdad social. Ni nuestra delincuencia común. Ni nuestra impunidad judicial. Ni nuestra pobreza. Ni nuestra indolencia. Todo esto sucede a diario en Colombia, es cierto, pero nos debería de escandalizar, en cada ocasión, como si fuera la primera vez.

Ésa es la tarea más difícil que tenemos como padres en Colombia. Mantener en alto el estado de alerta de nuestros hijos para que éstos no acepten como normal lo que no lo es. Porque si fracasamos en esa misión urgente, sin darnos cuenta la barbarie deja de ser externa y terminamos por aceptarla, por interiorizarla en nuestra alma y en nuestro hogar. Entonces una tragedia tan horrenda como la de Luis Eduardo Sierra ya no nos indigna y ni siquiera nos incomoda, y la definimos como… normal.

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