Por: Santiago Villa

Estrellas y banderas

A la altura de las nalgas los jeans le quedan un tanto sueltos, y la camiseta gris, en cambio, se le pega a la barriga. Su esposa, menuda y aun más bajita que él, lleva el cabello cogido en una cola infantil. Una niña de unos seis años toma de la mano a cada uno de sus padres, asegurándose de no soltar la banderita roja que lleva entre los dedos.

Una joven de capul asimétrica y manga larga azul le da una palmada sólida y juguetona en el hombro a quien parece ser su novio: un sujeto de rostro afable, cuerpo grueso y gestos satisfechos. Él lleva la banderita roja con cinco estrellas doradas en la mano, mientras busca el camino correcto entre los avisos del metro.

Un viejo calvo, con las piernas apretadas y en diagonal, es empujado en una silla de ruedas por su hija, una mujer madura que inclina el cuerpo hacia adelante, y lleva una banderita de China en una de las manos con las que toma el mango de la silla.

Entonces aparece una joven con lentes oscuros, que camina sin mover la cabeza porque está acostumbrada a que la miren; de estilo casi punk, senos firmes y camiseta blanca sin mangas, que tiene estampada una bandera estadounidense, desgastada, invertida en su eje vertical.

Ella cruza este túnel de metro como un gesto simbólico, aunque dudo de que sea consciente de su propia declaración política. No lleva la bandera de China en la mano, pero hoy es el ángel de la sobreinterpretación.

Estamos bajo tierra. De los vagones sale un río de personas que asciende para unirse a las miles que están ya en la Plaza Tiananmen, el centro del poder político de China. Se amontonan para celebrar el Día Nacional. Hace 78 años Mao Zedong proclamó allí el nacimiento de la República Popular China.

A Tiananmen no se puede entrar de forma directa. Desde el año 2013, cuando una familia de la etnia minoritaria musulmana uigur arrolló con su automóvil a una multitud, muriendo los tres que iban en el carro y dos fuera. Fue un ataque de bajísima letalidad pero cambió la dinámica en torno a la plaza. Los controles se han apretado. Hay barricadas de acero día y noche.   

"Nosotros fumábamos marihuana sentados a un costado de Tiananmen cuando era estudiante, en el 2000 o 2002. Los policías no sabían qué era ese tabaco extraño que estábamos inhalando y nunca nos molestaron", me dijo un amigo estadounidense que ya no fuma marihuana, tiene una hija y casi nunca va a Tiananmen.

Yo también vengo poco. Unas cuatro veces al año, quizás, pero siempre me rondan preguntas parecidas. Mientras paso controles policiales, y subo y bajo por el túnel que cruza la calle y conduce a la plaza, pienso en los filósofos franceses. En el control sobre el desplazamiento de los cuerpos traducido al poder sobre las mentes, y cosas así.

También pienso, por supuesto, en la masacre del 4 de junio de 1989.

Y esas otras veces me daban un poco de lástima los chinos. Pobres. Cómo les han lavado el cerebro. Cómo controlan sus movimientos y sus mentes. Cómo los ametrallaron aquí mismo cuando exigieron más transparencia del Partido Comunista y más libertad de expresión.

Hoy, sin embargo, es distinto. Hay un contrapunto.

Abajo, en las antípodas, en la tierra donde nació la democracia moderna, Stephen Paddock, un loco más, ametralló a una multitud de 40.000 personas, desatando una de las masacres más sangrientas en la historia de los Estados Unidos. Ahora miro a estos chinos y asumo que se sentirán satisfechos de vivir aquí, donde al menos tienen la certeza de que no serán ametrallados si se portan bien.

Las fracturas a la democracia son más evidentes cuando se observa lo que implica la otra opción. Cuán cercana, cuán dulce, puede a menudo parecer. La política se parece al amor en eso: la desfigura el miedo.

Twitter: @santiagovillach

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