Por: Columnista invitado

“Estudiar” la historia, una tarea pendiente

* Jose Darwin Lenis Mejía

El pasado 27 de diciembre de 2017 se sancionó la Ley 1874 que tiene por objeto “restablecer la enseñanza obligatoria de la historia de Colombia como una disciplina integrada en los lineamientos curriculares de las ciencias sociales en la educación básica y media” cuyos propósitos explícitos son contribuir a la formación de una identidad nacional y  promover la adquisición de memoria histórica que le aporte a la reconciliación y la paz en el país. La dificultad fundamental de esta ley, radica en desconocer que mantener la historia sometida a los tiempos del área escolar de las ciencias sociales, debilita su potencialidad de acción y estudiarla de forma indirecta poco sirve para trascender los objetivos trazados.

Es cierto, el país está construyendo nuevos hitos históricos, acordar la paz con los grupos armados o reconstruir ciudadanía para un Estado débil que pervive en el siglo XXI, con un pasado trágico anclado a más de dos siglos oscuros de luchas y disputas políticas de todo tipo. En estos más de 200 años, los  cambios son poco visibles, por lo que no estudiar la historia críticamente en su génesis y circulación es el primer paso para repetirla. 

Desconocer en este y otros campos el recorrido de sucesos como la tortuosa conquista, la separación de Panamá, la Guerra Bipartidista o el nacimiento de los grupos guerrilleros es cerrar los ojos a una realidad tan autentica e importante que abandonar el  estudio de la historia sería condenar a las nuevas generaciones a recorrer un presente y vislumbrar un futuro donde al volver la mirada no quedaría huella alguna para reconstruir lo que significa Colombia o ser colombiano y eso es tan grave como, desconocer la relevancia de tener espacios críticos para la investigación, para la pregunta, para pensar desde la escuela la transformación de la ciudadanía o no hacer una pedagogía de la historia que nos permita el reencuentro amplio social y político.

Un ciudadano desinstalado del poder de su memoria está condenado a obedecer literalmente e ir por un camino sin meta alguna, donde su más grande condena es no saber qué significa conocer la historia de sus antepasados y las responsabilidades de superar los conflictos para aprender a convivir y avanzar en el desarrollo social de su país.

Reintroducir formalmente la cátedra de historia en todas las instituciones educativas colombianas, es pensar en sus relaciones intrínsecas con otras disciplinas escolares, con los derechos humanos, con la concepción hoy del mundo y del universo. Por ello, desde la historia adquirir pensamiento crítico, aprender a inferir y argumentar es fundamental para que los estudiantes puedan defender cosas aparentemente tan distantes o desvinculadas como hacer innovación, investigación o analizar desde la lectura muchos documentos falaces que circulan por las redes sociales o que están en la web.

La idea prioritaria es,  usar la historia como la herramienta más eficaz para deconstruir realidades que se han instalado como verdades absolutas.  Además, es un instrumento poderoso para conocer verdades mucho más integradoras para el país que ayuden a liberar a la población de las ataduras y de las mentiras que se aprovechan para mantener a la gran mayoría de la población en la pobreza.

Hay una historia mal contada que requiere ser resignificada sobre el descubrimiento de América, sobre la llegada de la población negra esclavizada, sobre las riquezas naturales, sobre la economía nacional, el aporte al patrimonio de los indígenas o sobre el legado histórico de algunos próceres de la patria.

El lastre de hacer de la historia, una ciencia que se le desconoce su trabajo científico, sus grupos de investigación o las producciones académicas ha generado una confusión que nos tiene tan perdidos que olvidamos reconocernos u encontrarnos en los territorios, en la palabra, en los acuerdos y hasta en saber para dónde vamos como nación.

La relevancia de que los escolares estudien la historia radica también en hacer como lo planteaba Foucault, una arqueología y genealogía de los sucesos históricos para develar como los imaginarios, prejuicios o creencia afianzados en los más oscuros paradigmas se han edificado desde algunas institucionalidades como verdades inamovibles. El rigor de la historia como disciplina científica independiente de la geografía, la sociología, la democracia o las ciencias políticas radica en la fuerza investigativa para develar la autenticidad de muchos acontecimientos  sociales que con el tiempo se han ubicado como saberes validados para la población local o mundial.

Hacer de la historia una experiencia dinámica y viva para que los estudiantes y maestros la disfruten de la forma más objetiva posible es una tarea inmediata e inaplazable. Con esto, no se pretende cambiar una realidad adversa de Colombia, pero si es una oportunidad de recomponer el camino del auto reconocimiento desde una identidad territorial, étnica, política y de nacionalidad.

Aunque para funcionarios del Ministerio de Educación Nacional, la historia no se puede separar del área de ciencias sociales. Es decir, es parte constitutiva de la misma y seguirá estando anexa como lo ha estado desde 1994 con la sanción de la ley 115 o ley general de educación. Ahora es el turno para que las instituciones a través de su proyecto educativo institucional hagan valer su autonomía escolar consagrada en el art 77 y reorganicen su currículo para darle vida formal.

Esperemos que la comisión asesora que establece la ley y que tiene 2 años de plazo para presentar los lineamientos curriculares de la enseñanza de la historia, comprenda que para enseñar historia de forma activa se requiere responder más profundamente el por qué y el para qué de los  proceso de enseñanza y aprendizaje de la historia misma. Porque enseñar historia es diferente a transferir información y datos, es analizar e indagar la importancia de los hechos, sus causas y consecuencia en la actualidad.

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