Por: Javier Ortiz

Estupidez y prejuicio

Qué falta por decir que no se haya dicho, historiado, recordado, conmemorado…

Hubo un tiempo en que ni siquiera los 40 acres de tierra prometidos después de la abolición hubieran alcanzado para esconderse, y tener una mula tampoco habría bastado para escapar de la persecución. Hubo un tiempo en que los perseguían con perros de presa, los capturaban, los linchaban, los quemaban vivos, los colgaban de los árboles. Hubo un tiempo en que la gente pasaba indiferente o se arremolinaba junto al cadáver; reían, tomaban refrescos, pinchaban los cuerpos, se hacían fotos y las enviaban como postales: “Te mando esta foto de nuestra última barbacoa”.

Hubo un tiempo en que entraban por las cocinas de los hoteles para luego ser los artistas estelares en el salón principal. Hubo un tiempo en que no los querían en el cine y fueron reemplazados por actores con las caras embetunadas. Hubo un tiempo en que inventaron el goce y la alegría y la nostalgia y la cadencia y los recursos para el amor y el desamor y la identidad cultural de una nación que los despreciaba, mientras apagaban las cruces ardiendo clavadas en los jardines de sus casas. Hubo un tiempo en que se alisaron el cabello o se dejaron el afro o se hicieron trenzas o se lo cortaron al rape. Hubo un tiempo en que armaron una liga y jugaron al béisbol entre ellos, y fueron a las ligas del Caribe, y allí juntaron su picardía y su gracia con la de los otros hermanos en diáspora, y ese deporte ya no volvería a ser igual.

Hubo un tiempo en que se empezaron a defender, a no ceder el puesto en los autobuses, a entrar en los bares donde no los admitían, a usar los baños que les daba la gana, a beber de las fuentes de agua que no estaban reservadas para ellos, a pregonar que eran hermosos, a no ir a Vietnam, a picar como abeja, a danzar como mariposa, a tener sueños, a ser musulmanes, a formar brigadas armadas en los barrios, a tomarse las calles, a editar periódicos, a crear mercados y comedores comunitarios, a soñar, a levantar la mano empuñada, a llevar guantes negros en las Olimpiadas, a ser ricos y a ser pobres a su manera.

Hubo un tiempo en que les echaban ácido mientras se bañaban en las piscinas de los hoteles. Hubo un tiempo en que la Guardia Nacional tenía que escoltarlos para que los dejaran entrar a las universidades. Hubo un tiempo en que quisieron retornar a la tierra de los ancestros, pero tal vez había pasado demasiado tiempo para que allá los extrañaran. Hubo un tiempo en que se ganaron todas las medallas en los Juegos Olímpicos, pero eso no fue suficiente. Hubo un tiempo en que uno de ellos ocupó la silla presidencial de la Casa Blanca, pero eso tampoco fue suficiente.

Cuánto dolor, cuánta historia, cuánta memoria, cuánta conmemoración, para que este mundo inventado hace rato tenga que asistir, otra vez, a una marcha con antorchas de una turba iracunda que reclama la supremacía blanca. Cuánta indignación de pocos caracteres moviéndose intrascendente en la matriz virtual. Cuánta saturación del lenguaje políticamente correcto, repetido como una fórmula retórica sin fundamento político, ni clara conciencia de transformación. A la historia le queda muy difícil dar lecciones cuando los prejuicios y la estupidez humana vienen sin fecha de caducidad.

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