Por: Héctor Abad Faciolince

Eta, Gadafi y las Farc

El coronel Chávez y el coronel Gadafi eran aliados y amigos.

El dictador libio condecoró al venezolano con la “Orden Gadafi de los Derechos Humanos” (un matón pregonando los derechos humanos), lo definió “poeta de la libertad” y le dio un doctorado Honoris Causa. Chávez lo recompensó comparándolo con Bolívar y condecorándolo con el “Collar de la Orden del Libertador”. El jueves, mientras se dirigía a pagar una promesa por su curación al santuario del Santo Cristo de la Grita, Chávez aprovechó para llamar a Gadafi “un luchador y un mártir”. Así como Gadafi apoyó hasta la muerte a Idi Amin en Uganda y a Mobuto en Zaire, ahora el coronel vecino llora la muerte de uno de los déspotas más excéntricos y sanguinarios de los últimos decenios.

En esto Chávez no estaba solo. Gadafi compró con su petróleo apoyos en Gran Bretaña. Por poner un solo ejemplo, fue tratado con los honores del benefactor en la elitista London School of Economics (y su director tuvo que renunciar por haber recibido del coronel libio varios millones de dólares). También Berlusconi besaba sus zapatos e intentaba besar una por una a su guardia de honor de 70 mujeres vírgenes.

El pueblo libio se hartó de su tirano y se alzó en armas para derrocarlo. Con apoyo extranjero (como lo tuvo Bolívar) este alzamiento sí se parece más a la gesta libertadora del padre de la patria. Cuando no hay democracia y cuando los dictadores no se pueden derrocar por la vía pacífica de las elecciones, el alzamiento armado es —si bien indeseable como siempre— legítimo. No es este el caso de Eta. O mejor, Eta surgió durante la dictadura de Franco, y eso le dio, al principio, un halo de legitimidad: odiaban que se les prohibiera hablar en su propia lengua. Cuando llegó la democracia a España, lo natural habría sido que Eta se disolviera. No lo hicieron y se dedicaron a matar durante decenios. Hubo momentos en que, a pesar de las víctimas, se les ofreció la paz con amnistía completa. No aceptaron. Ahora tienen que reconocer lo absurdo de su lucha, así envuelvan esta aceptación en palabras mentirosas. Ni siquiera fueron capaces de quitarse la capucha.

También las Farc tuvieron un inicio vagamente legítimo. Campesinos liberales perseguidos y despojados durante la Violencia, se quedaron en el monte. Pero luego, cuando nuestra democracia, por imperfecta que fuera, empezó mal que bien a funcionar, las Farc insistieron en su lucha. También a ellos se les ofrecieron acuerdos de paz que incluían amplias y generosas amnistías. Las Farc engañaron y se burlaron de las sinceras intenciones de paz de Pastrana. Insistieron en la vía del secuestro, del narcotráfico y del terrorismo. Esto llevó al repudio del pueblo colombiano.

Tarde o temprano también las Farc van a tener que anunciar que renuncian al secuestro, a los actos terroristas y a la lucha armada. Pero se ha acumulado tanto dolor en estos años que ya no pueden aspirar a una amnistía, al perdón y al olvido. Su misma alianza solapada con Chávez, las armas que recibieron de Libia, los enlaces y la mutua ayuda que establecieron con la banda Eta, hacen más notorio el tamaño de su ceguera. Están aislados políticamente, carecen de un discurso creíble, todavía secuestran (hasta niñas), y están arrinconados desde el punto de vista militar.

El presidente Santos les ha dicho a las Farc que ojalá sigan el ejemplo de Eta. Un cese definitivo del fuego, del secuestro, de la extorsión y de la lucha armada. Sin condiciones y sin los engaños de antes. No vayan a pensar que al Estado lo capan dos veces. Si se rinden, al menos, pueden conservar la vida, y recibir las penas rebajadas que recibieron algunos paramilitares. Más no pueden pedir. Los demasiados muertos y secuestrados no van a tolerar otro acuerdo. Las Farc, como Eta, deberían aceptar su derrota. O enfrentar un destino como el de Gadafi. Los cuerpos ensangrentados y grotescamente exhibidos de Reyes y de Jojoy, tan parecidos al del coronel libio, así lo anuncian.

 

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