Por: Fernando Araújo Vélez

Eternamente deudores

Somos un infinito reguero de deudas, aunque no queramos aceptarlo y a veces miremos hacia otro lado. Deudas de billetes que jamás se saldan, para conseguir, si acaso y para la jubilación, una casa tipo medio, y que se multiplican con los años, con sus respectivos intereses e impuestos a los intereses y a las deudas, porque cada vez hay más impuestos para todo, y deudas morales, porque hicimos esto o aquello o no hicimos lo de más allá, o nos emborrachamos o no nos emborrachamos y olvidamos en cada hacer o no hacer, aquello que cantaba Silvio Rodríguez: “Y quiero que me perdonen por este día los muertos de mi felicidad”.

Deudas con nuestros padres, pues no supimos o no quisimos ser hijos como ellos querían que fuéramos, y deudas con nuestros hijos, porque quién más que nosotros va a ser culpable de sus tropiezos, de sus angustias, de sus temores y caídas. Deudas con la sociedad, pues no luchamos lo suficiente para cambiarla, al menos para decir que luchamos para cambiarla un poco, y porque muchas veces no tuvimos la grandeza de transformar el yo por el nosotros, y deudas con nuestros amigos, los viejos y los no tan viejos amigos, pues no sacamos el tiempo para ir a una reunión o a una obra de teatro.

Deudas con el amor, porque no amamos lo suficiente, como si fuera un imperativo amar, y amar lo suficiente, y deudas con el desamor, pues no lloramos cuando los códigos decían que debíamos llorar. Deudas con el pasado: no nos tomamos los helados que hubiéramos deseado, y los que nos tomamos, nos los tomamos con demasiada prisa. Deudas con el presente: no decimos lo que pensamos cuando tendríamos que decirlo ni hacemos lo que todas las noches juramos que vamos a hacer al día siguiente. Deudas porque no leemos lo que deberíamos leer, y deudas porque siempre vamos dejando nuestros escritos y nuestra obra para mañana.

Deudas con el futuro, si es que llegamos, pues futuros eran los de antes, como vi que decía en un muro el otro día, y deudas con el más allá y con los fantasmas, con los muertos y con la historia. Más que humanos, nos transformamos en deudores, hasta el punto de que las únicas cartas que nos llegan son de cuentas por pagar. Pagamos, seguimos pagando y nos seguimos endeudando. Vivimos al debe en todos los aspectos, con tantas columnas sobre nuestras deudas, que ni cuenta nos hemos dado de que las más terribles son las que tenemos con nosotros mismos, en esencia, porque seguimos cargados con todas nuestras deudas, la cabeza agachada, mirándonos los pies y únicamente los pies por tanto peso, incapaces de dar el primer paso que nos lleve al segundo paso y a todos los demás pasos que nos liberen de quienes han hecho de nuestras deudas, su dominio, su riqueza y su poder.

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