Por: Javier Moreno

Ética escatológica

En la serie de televisión The Walking Dead una infección arrasa el planeta: los muertos despiertan y están hambrientos. Los vivos, mientras tanto, se matan entre ellos para poder vivir un poco más.

Esta premisa, que hoy suena tan familiar, fue inventada por George Romero a finales de los sesenta, en medio de las revoluciones juveniles, cuando dirigió La noche de los muertos vivientes. Aunque categorizadas despectivamente como terror de bajo presupuesto, Romero siempre ha insistido en que sus películas son, antes que nada, comentarios políticos (sobre el racismo, el consumismo, la carrera armamentista o el control mediático) camuflados como entretenimiento popular escatológico (en ambas acepciones de la palabra). La amenaza extrema del apocalipsis putrefacto amplifica los conflictos y los desnuda. En las buenas historias de muertos vivientes cada dilema de los personajes constituye un pequeño experimento mental que pone en duda lo que creemos que somos.

The Walking Dead retoma la tradición de Romero y aprovecha el formato extenso novelado para proponer reflexiones sobre el papel de la cultura como modulador moral. Cuando la civilización colapsa sus huérfanos se ven forzados a repensar sus principios y límites. No es claro qué determina nuestra humanidad. Cada cual tiene su propia estrategia. La confrontación es inevitable. Muchas preguntas se desprenden: ¿Cuándo es permisible la violencia y contra quién? ¿Cómo interactúan la solidaridad y la competencia por los recursos? ¿Qué es y cómo funciona la justicia? ¿Qué perdura cuando la vida y la supervivencia se confunden? ¿Nuestro sentido ético es puramente circunstancial?

Son preguntas que llevan siglos ahí. Grandes pensadores han dedicado sus vidas a aventurar respuestas siempre parciales que luego otros condensan en normas y leyes. La narrativa de muertos vivientes apenas propone perspectivas actuales para entenderlas y apreciar su dimensión. Contrario a lo que puede esperarse, no son perspectivas necesariamente cínicas. Las historias son desoladoras pero en el trasfondo cargan la certeza de que somos más que la máquina de instintos y reflejos egoístas que nos alberga. Nos dicen que podemos resistir al monstruo y que los intangibles que valoramos (la amistad, el amor, la esperanza, la responsabilidad, el respeto) tienen sentido. No somos sólo hambre. Los muertos vivientes están ahí para definirnos por oposición.

http://finiterank.com/notas / @bluelephant

 

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