Por: Ana María Cano Posada

Ética inútil…

Un fantasma recorre a Colombia. No es igual al fantasma que recorría a Europa en 1948.

El fantasma local corresponde al espanto levantado ante las secuelas profundas que la corrupción ha dejado en todos los órdenes de lo público en los últimos años: en la salud, la justicia, el campo, las obras públicas, las contrataciones, la fuerzas armadas, los legisladores, los notarios, los médicos y hasta organizaciones humanitarias que se han servido de recursos públicos para el lucro personal. Con esta demostración incuestionable del efecto que tiene el vacío de ética en el comportamiento público, resulta una contradicción que, ante las elecciones próximas, la honestidad y la trasparencia estén al final de la lista para los electores, lista que encabezan la seguridad y el empleo.

Con congresistas, alcaldes, exministros, contratistas y muchos personajes en prisión, se supondría que el país necesita contar con unos candidatos que tengan un recorrido intachable. Pero lo fantasmagórico es que la ética parece ser el instrumento que se aplica al pasado, no al presente ni al futuro. A eso ha jugado Colombia en sus últimos 20 años, a que no importa lo que se haga porque termina sin saberse. Y lo que no se ve, no se siente: ojos que no ven… corazón que no siente. Lo más abominable queda oculto tras una nube de silencio. Dos impulsos incontrolables y complementarios de este período infame han sido la ambición de plata que todo lo preside y los medios ilimitados para conseguirla, que dejan maltrecha la sociedad.

Ahora, cuando se presenta la economía como el motor que moverá al país y hará que otros países se interesen en él, se ignora la necesidad insustituible de construir una reforma pública, política, social y económica, en la que el espíritu mafioso no pueda seguir proliferando, y en la que la delincuencia no se vaya pareciendo a la dirigencia.

Es inaplazable una tarea pedagógica que haga que el admirable escarmiento que tantos personajes han tenido sobre su conducta inmoral tenga unas consecuencias prácticas en el comportamiento ciudadano. Traducir esta oleada de corrupción que salió a la luz, en una búsqueda convencida de la ética pública, en comportamientos que impidan que se repita la corrupción exponencial y que demuestren que la ética no es un asunto de filósofos, ni una prenda inútil, sino la condición que orienta a una persona y a una sociedad hacia el respeto, la justicia y el bienestar.

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