Por: Eduardo Barajas Sandoval

Euforia, expectativa, desencanto

Un video, grabado de manera secreta en la isla española de Ibiza, se convirtió en detonador de la caída del jefe de gobierno más joven de Europa.

Una de las democracias más rancias de la postguerra ha completado un capítulo de su historia política, caracterizado por la sorpresa, la euforia, la expectativa, y el desencanto. El cierre se ha dado con la moción de censura al gobierno de un político aupado al poder antes de tiempo, según algunos, y según otros símbolos de un relevo generacional no prematuro, sino necesario. Ahora comienza un nuevo episodio.

La llegada de Sebastián Kurz, a sus treinta años, a la jefatura del gobierno de Austria, habría sido simplemente un triunfo más del Partido Popular Austriaco, uno de los principales protagonistas del proceso político de la postguerra, junto con los socialdemócratas, de no ser por la alianza que resolvió formalizar para formar su gobierno.

Después de una carrera meteórica, que comenzó con el abandono de sus estudios de derecho, para ir a la Dirección de Juventudes, y más tarde a la jefatura de su Partido, hasta hacerse elegir Canciller, esto es jefe del gobierno nacional, habiendo pasado por el legislativo local de Viena, y los cargos de Ministro del Interior y de Relaciones Exteriores, Kurz decidió aliarse con un partido mucho más radical, el Partido Liberal de Austria, fundado por un antiguo nazi, y con ello se sumó a la oleada de derecha populista que pone en duda la marcha de la Unión Europea bajo los parámetros que hasta ahora la han caracterizado.

A lo largo de los meses que duró su gobierno, desde diciembre de 2017 hasta la semana pasada, la alianza se ocupó de materias como la extensión de la jornada laboral hasta de doce horas, la fusión de todos los entes a cargo de la seguridad social, la abolición de la prohibición de fumar, la limitación de subsidios a los extranjeros de otros países europeos, el refuerzo de la enseñanza del idioma alemán, la prohibición de llevar velo en lugares públicos para las mujeres musulmanas, el cierre de mezquitas, y el rechazo al Pacto Mundial sobre Migración. Todo ello, anunciado como el principio de medidas mucho más radicales, llegó a preocupar a otros miembros de la comunidad de partidos conservadores de Europa, temerosos del contagio que podría conducir a su propia radicalización.

Antes de que el gobierno pudiera emprender nuevos proyectos del corte propio de su coalición, el vicecanciller, y jefe del Partido Liberal, Heinz-Christian Strache fue objeto de la difusión de una aparente “emboscada mediática” en la que cayó con relativa facilidad. En un video grabado hace dos años en Ibiza, Strache aparece en conversaciones, al ritmo de whisky, con la supuesta sobrina de un magnate ruso, a quien ofrecía contratos en Austria, a cambio de apoyo político para su Partido, considerado como pro ruso. Apoyo que se habría de concretar en la financiación de campañas y la compra del tabloide Kronen Zeitung, para ponerlo al servicio de sus necesidades de propaganda política.

La referencia al video en el Süddeutsche Zeitung y Der Spiegel, de la prensa alemana, y la difusión del mismo, desencadenaron de inmediato una secuencia de hechos políticos propios de una democracia reposada y madura. Primero que todo se produjo la renuncia del Vicecanciller, o vicepresidente del gobierno. Luego la salida del ministro del Interior y de los demás miembros del gabinete procedentes del Partido Liberal. La convocatoria a elecciones generales para el mes de septiembre. La conformación de un gabinete de tecnócratas a la manera de gobierno provisional. La moción de censura aprobada, en contra del Canciller Kurz, presidente del gobierno, que implicó su salida inmediata, y la designación de Brigitte Bierlein, reconocida jurista, como Canciller encargada de liderar el gobierno interino, primera mujer en llegar a la jefatura del ejecutivo en ese país.

 

A nadie se le ocurrió en Austria, ante la crisis, maniobrar para que uno u otro funcionario, por importante que fuera, se quedara en su puesto mientras se desarrollaban las investigaciones, por ejemplo, las orientadas a descubrir el origen del video de la trampa mencionada. Ni mientras los jueces declararan quiénes eran culpables, después de haber sido vencidos en juicio. Nada de excusas ni de argumentos pseudo jurídicos o pseudo institucionales, ni de disculpas, ni de contemplaciones, ni de excepciones orientadas a que alguien pudiera evadir sus responsabilidades. Por el contrario, rigor republicano para tratar problemas cuyo manejo tiene, porque debe tener, consecuencias importantes respecto de la solidez, la transparencia y la confiabilidad interna e internacional del sistema político. De manera que se puede apreciar una secuencia de hechos políticos e institucionales que permiten apreciar el contraste entre lo que allí pasó y lo que sucede en naciones obligadas a vivir gravísimas crisis, sin consecuencias, y en donde todos siguen tan campantes y se pueden preciar de seguir en el oficio, mientras su respectiva nación flota en pozos de aguas sucias.

Como corresponde a un país en donde las anomalías que se presenten en la vida pública traen de verdad consecuencias, falta por ver todavía la manera cómo van a tratar fenómenos que salieron a flote, como la corrupción, el deseo de controlar medios de comunicación, con músculo financiero, para ponerlos al servicio de una causa política, y la aparente influencia rusa. Esta última objeto ya de sospechas en sectores acostumbrados al recelo de la época de la Guerra Fría, y exacerbada hace unos meses, cuando el presidente Vladimir Putin asistió a la boda de la Ministra de Relaciones Exteriores austriaca, presencia que, aunque de índole social, produjo desconfianza en ciertas capitales europeas, que a partir de entonces al parecer evitaron compartir cierta información de valor estratégico con la afortunada novia.

En medio de todo, porque eso sí es propio de la vida política en cualquier lugar del mundo, sorprende el resultado de las encuestas con miras a las elecciones de septiembre, que confirman la popularidad del juvenil Sebastian Kurz, tras la idea de “Make Austria Great Again”. De manera que es posible que gane. Pero otro será el panorama, ya que frente a esa eventualidad muchos austríacos esperan que, si consigue una votación que lleve a que le encarguen formar un nuevo gobierno, retorne a las ya conocidas alianzas con los socialdemócratas, consideradas como clave del progreso, el equilibrio y la estabilidad del país a lo largo de la postguerra. Pero nadie descuenta que las cosas vuelvan otra vez por el camino de los últimos meses. Caso en el cual existe, según ellos, la garantía de una institucionalidad idónea para corregir desvaríos. 

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Euforia, expectativa, desencanto

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