Por: Pascual Gaviria

Euforia y patetismo

LAS INTENCIONES DE LOS GOBIERnos recién llegados se corresponden siempre con la grandilocuencia electoral.

Todavía es tiempo de cortejar algunos gremios, tranquilizar algunos partidos y alentar un sentimiento de cambios profundos que bien puede llamarse revolcón, salto social o refundación de la patria. Quién recuerda que Belisario Betancur, refiriéndose a su gobierno, habló de “la gran huella que señalaría nuestro paso por la historia”; quién puede contener un ataque de conmiseración propia y ajena al saber que un día, ya lejano, Andrés Pastrana dijo en tono tajante: “es hora de romper con la historia y cambiar nuestro curso”.

El presidente y sus ministros están en los escritorios sobreponiendo sus planes al mapa del país y parece que todo encaja forzando un poco las fichas. El gobierno Santos se muestra dispuesto a arreglarlo todo mediante cuatro leyes y una buena dosis de voluntarismo: la política, la justicia, los equipos de fútbol, la salud, la repartición de la tierra, la corrupción y hasta el DAS. No es justo criticar las buenas intenciones. Pero tampoco se puede negar que en los primeros días de gobierno la línea entre optimismo y patetismo es muy delgada.

Después de ocho años sin transición se nos había olvidado esa especie de hipnosis de los primeros días cuando todo parece posible. En agosto de 2002 Uribe iba a arreglar una buena parte de los problemas fusionando algunos ministerios. Ahora, Santos está seguro de lograr el éxito frente a esos mismos problemas, y otros más, separando de nuevo los susodichos ministerios. En su momento, Uribe nombró zares anticorrupción con apellidos suficientes para sostener ese aparatoso remoquete. Pero era lógico que un zar se aburriera en una oficina pública acompañado de un archivador y una secretaria. Ahora Santos, con su toque institucional, ha creado la Comisión Nacional para la Moralización. Otro nombre fabuloso y desorbitado que sin duda marcará historia. Esperemos que al menos no cambien el archivador y la secretaria.

Pero no sobra mirar con comprensión y ternura ese entusiasmo ciudadano acompañado de convicción burocrática. No nos podemos quejar, no se trata tan solo de un engaño: es un pequeño y necesario trastorno psicológico propio de la alternancia democrática. Esa que se pedía a gritos hace sólo unos meses y que sirve para que las sociedades y los empleados públicos renueven sus votos de confianza, miren hacia otras prioridades y otros métodos. La obligación de cambio que hizo pensar a millones de ciudadanos que Samuel Moreno podía ser mejor alcalde que Enrique Peñalosa.

Poco a poco gobierno y ciudadanos aterrizan del corto sueño y ponen las expectativas al nivel justo. En Estados Unidos, por ejemplo, Obama acaba de dar muestras de que sus ánimos reformistas son ahora más modestos: se fue de vacaciones y dejó orden de remodelar la oficina oval. Así que tal vez la esposa del residente Santos, sin ser muy consciente de ello, esté realizando los cambios perdurables. Darle un espacio renovado a la Casa de Nariño para olvidar “el detallismo de cacharrero antioqueño de quien acaba de dejar aquella augusta morada”, según las palabras de Belisario al elogiar el nuevo estilo de Virgilio Barco, quien lo reemplazó en la decoración del Palacio Presidencial.

 

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