Por: Brigitte LG Baptiste

Eumémesis

En 2009, Mihály Csíkszentmihalyi, un psicólogo húngaro-americano, postuló su “teoría del flujo” para describir y eventualmente intervenir en aquello que coloquialmente podría interpretarse como el estado de “encarrete” de las personas, una cualidad positiva propia de lo humano. Para este autor, los mejores momentos de la vida, y lo que debería convertirse en fundamento del sentido de la existencia, sería esa capacidad de absorberse en cuerpo y alma en una tarea, de perderse un poco en el ejercicio deliberado de algún quehacer placentero.

“Encarretarse” constructivamente tiene que ver con la cantidad de energía que invertimos en la construcción de una perspectiva consciente de nuestro actuar en medio del devenir de las cosas: qué tanto nos desgastamos en la elaboración de interpretaciones de los eventos (memes) y qué tanto ellas resultan adaptativas, útiles. En otras palabras, qué tanta y qué tipo de “carreta” producimos para orientar nuestras propias acciones. La carreta, sin embargo, también es sinónimo de falsedad en nuestra cultura cotidiana.

Por el tono de los debates “ambientalistas” en las redes sociales parecería que los colombianos tenemos una propensión especial a la construcción infinita de interpretaciones de todas las cosas, incluso más allá de nuestra propia capacidad de alimentarlas, una “adicción memética” producto del encarrete con la retórica más que con ningún acontecimiento, algo que podría ser divertido de no conllevar un sino fatal de autosuficiencia e insostenibilidad: en un par de vueltas de cualquier discusión se convierte en una elaboración infinita de “verdades” incompatibles de las que cada quien no solo es rey, sino dueño de un castillo con mazmorras y tormentos infinitos para todos los demás. Se requiere un mínimo de higiene e incluso un propósito de eumémesis, que no eugénesis, ante la posibilidad de acumular imbecilidad tras imbecilidad en cadenas de afirmaciones erráticas, carentes de sustento empírico o coherencia epistemológica: el “ambientalismo mágico” del columnista de El País español. Diarrea de memes en comunidades virtuales que, sin un ápice de experiencia o conocimiento, se encarretan con vehemencia en deliberaciones acerca de la minería, el feminismo, el arbolado urbano o el consumo de licor en espacios públicos.

En la pirotecnia interpretativa de las cosas hay su arte y su derecho, cierto, pero lo grave de los efectos especiales es la política detrás de ellos: hablar por hablar, hoy día, es tal vez más peligroso que plastificar el océano, pues de la retórica exacerbada surgen horrorosos estereotipos, base de aniquilaciones, la prueba eventual de que la evolución cultural es trivial y seguimos bajo el régimen crudo del ADN. La ironía de la consciencia, según Richard Dawkins.

Encarretarse en la construcción y ejercicio político de un proyecto ambiental de sostenibilidad es una tarea loable y necesaria, de ello depende nuestra supervivencia. Confundir este proceso con la carreta presente en la reelaboración infinita e irresponsable de “memes verdes” y “soluciones mágicas” sin ninguna trazabilidad ni propósito es el otro rostro de la tendencia autodestructiva de la especie humana. La única vacuna disponible, la educación, y dentro de ella unos mínimos de ecología.

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2019-06-13T00:00:32-05:00

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2019-06-13T00:15:01-05:00

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