Por: Hugo Sabogal

Europa contraataca

Nuevo marco regulatorio en el Viejo Continente para ganar más mercados.

Recibí, hace un par de semanas, una nota de Albano Pera, un consagrado enófilo italiano, a quien conocí hace cuatro años cuando dirigía una degustación de vinos chilenos en Bogotá. Su nivel de atención era alto y su disciplina para catar era rigurosa. No estaba allí sólo para pasarla bien, sino para agregarles nuevas experiencias a sus memorias olfativa y gustativa. Desde aquella vez no volvimos a cruzar palabra.

En su reaparición, Albano se declara sorprendido por la ausencia de vinos de su país en el mercado colombiano. “En estos momentos hay regiones italianas que producen vinos espectaculares, como Marche, con un nivel de precios muy competitivos frente a Chile y Argentina”. Menciona, en particular, denominaciones de origen como Rosso Conero y Rosso Piceno, que, según Pera, alguien debiera importar al país. “¿Será falta de conocimiento de los consumidores colombianos? ¿Dificultad del idioma? ¿Poco interés por descubrir algo nuevo?”. En verdad, todas las anteriores, le contesté. Pero también hay otras razones.

Entre ellas figuran el complejo sistema de denominaciones de origen y variedades autóctonas italianas, que incluso los expertos nunca terminan de conocer. ¿Quién puede memorizar, por ejemplo, más de 20.000 etiquetas distintas y recitarlas de memoria? Porque eso, y algo más, es lo que produce Italia anualmente. Muchos pueden conocer a estas alturas la Sangiovese o la Brunello, que son la misma variedad. ¿Pero cuántos saben que la Sangiovese también se llama Prugnolo Gentile o Morellino, para no hablar sino de una sola cepa? Lo enmarañado del asunto es que el uso de estos nombres está obligado por ley. Tratar de educar a un consumidor en el arte de manejar estos laberintos equivale a desanimarlo muy rápido, especialmente cuando se entere que los italianos poseen más de 1.000 tipos de uva que muy pocos, fuera de su territorio, conocen o dominan.

A esto hay que sumarle los aranceles de entrada, de alrededor del 25%, así como los costos de transporte y las inversiones necesarias para impulsar el producto en los distintos canales. No es como decir “Malbec argentino” o “Cabernet Sauvignon chileno” independiente de la marca. Sin duda, estos últimos suenan más familiares que Trebbiano Toscano, Trebbiano Romagnolo, Trebbiano d'Abruzzo y todo para concluir que se trata de la misma y desconocida uva Ugni Blanc.

Los consumidores colombianos prefieren los vinos del cono sur (conforman 70% de la demanda) porque, para empezar, no pagan arancel de entrada y, en consecuencia, cuestan menos. Sus etiquetas son sencillas de entender y han deambulado por el mercado local desde mucho tiempo, hasta hacerse familiares. Además, los costos de transporte son más bajos y, definitivamente, la cercanía idiomática y cultural con los mercados productores los hacen, de alguna forma, “más nuestros”.

Pera tiene toda la razón al decir que Italia es una meca indiscutible de diversidad y calidad, y que es una lástima que sus vinos no se conozcan en Colombia, especialmente si tenemos en cuenta que su país es el primer productor mundial en volumen y lo ha sido así desde antes del Imperio Romano, cuando la península mediterránea recibía el nombre de Enotria, o sea, “tierra del vino”.

Algo similar les ocurre a los viñateros alemanes, portugueses, rumanos, búlgaros, austriacos, suizos, libaneses, turcos, belgas, etcétera. Los españoles, en cambio —igual de complejos en sus denominaciones de origen—, quizás estén a salvo, porque, al fin y al cabo, fue la “madre patria” la encargada de traer el vino a América y esto influye. Los nombres de denominaciones y variedades autóctonas españolas han formado parte de nuestra memoria colectiva desde que nacimos. Hablar de Rioja, Jerez, La Mancha, Tempranillo, Garnacha, Graciano o Albariño no es un misterio.

La complejidad para entender los vinos europeos ha generado una pérdida de participación del Viejo Continente en los mercados mundiales. Los vinos provenientes de países del Nuevo Mundo, según la Organización Internacional del Vino, han pasado de una participación global del 3%, en 1990, a una del 30% en 2008.

Es algo que ha alarmado, primero, a los productores, y, luego, a los gobiernos. Por eso, los estrategas de la Comunidad Europea vieron la necesidad de revertir dicho estado de cosas y sus organismos de control acaban de anunciar la introducción de un nuevo modelo de nomenclatura para frenar la caída libre en el mercado.

Para empezar, la reforma incluye la introducción de normas más sencillas para las etiquetas. Los productores, por ejemplo, podrán ahora mencionar el nombre de la variedad o variedades de uva presentes en el contenido. Antes había que ser un experto para entender que en un Pauillac francés predomina el Cabernet Sauvignon. Es simple: este vino se origina en el Alto Médoc (una zona de la región de Burdeos, en el sudoeste de Francia) y, por tanto, debe usar la “uva reina” para su elaboración. Pero mencionarla estaba prohibido.

También se cambiará el concepto de Denominación de Origen Controlada (Appellation d'Origine Contrôlée o AOC, en francés) por el de (Appellation d'Origin Protegée o AOP). Y el tradicional vin de pays francais se conocerá ahora como vino con Indicación Geográfica Protegida o IGP (Indication Geographique Protegée). Es un salto grande, pues el nuevo marco regulatorio permite mayor libertad en las tareas de elaboración, mercadeo y comercialización de los productos.

Falta ver cómo reacciona el mercado. Los reguladores, encabezados por Mariann Fischer Boel, la comisionada europea para la agricultura y el desarrollo rural, creen que se trata de una gran oportunidad para simplificar las cosas y demostrar que los vinos europeos se apoyan en pilares de excelencia y tradición indiscutidos. La noticia debería tranquilizar, en algo, a Albano Pera, esto es si los miles de productores italianos aprenden una nueva forma de comunicar las virtudes de sus productos, después de siglos de hacerlo de otra forma.

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