Por: Augusto Trujillo Muñoz

Europa: ¿Ejemplo de qupe?

La Unión Europea es el proyecto de convivencia más esperanzador, más creativo y más sólido que conoció la historia de Occidente en los últimos siglos. ¿Ha dejado de constituir un ejemplo para el mundo?

A mediados del siglo xx los europeos se comprometieron en la invención de una nueva Europa: no era un nuevo estado, ni una nueva forma de estado, ni siquiera una nueva forma de hacer relaciones internacionales. Era una empresa conjunta intuida para la imaginación política, para la reingeniería jurídica, para la novedad institucional. Por eso propició la integración a varias velocidades, la revisión del concepto de soberanía, la moneda única, la participación de todos sin perjuicio del liderazgo solidario de algunos.

De hecho Alemania y Francia, aliadas, imprimieron siempre una dinámica capaz de comprometer la voluntad del resto de Europa. Primero en torno al pacto del carbón y del acero, luego en torno al mercado común y, finalmente, en torno a la unidad política. A este último estadio no se llega aún. Por el contrario, la crisis europea parece estar desdibujándolo. Incluso algunos exigen el regreso a los nacionalismos para recuperar la grandeza de otras épocas. Es como si el futuro les quedara en el pasado.

En el siglo anterior el proyecto tuvo menos sobresaltos. Era lógico: Europa fue creada por media docena de países con una historia común, en la guerra y en la paz, en la economía y en la política. Ahora no es fácil. Los países que la integran son veintisiete, de manera que su historia ya no es común sino diversa.  También sus culturas y sus grados de desarrollo. Hay muchas diferencias entre la Europa nórdica y la mediterránea, la eslava y la latina, la báltica y la griega. En esas condiciones es difícil construir unas instituciones nuevas, si no se revisa la clásica óptica de la modernidad.

Ese es el gran mérito del nuevo presidente de Francia. Al señalar factores de diversidad, está pidiendo políticas diversas y –si se quiere mantener el proyecto- solidaridad con los países que la necesitan. En medio de la crisis Alemania se acostumbró a mandar; Francia a hacerle la segunda voz y los demás a obedecer sin pedir nada a cambio. Ahora Hollande proclama que Francia es nórdica, pero también mediterránea y que Merkel sólo puede seguir mandando a cambio de solidaridad con sus socios. En otras palabras Europa debe volver a ser una empresa conjunta, es decir, Europa sí, pero así no.

En entrevista concedida a seis periódicos europeos y publicada en español por “El País” de Madrid, Hollande parece rescatar un liderazgo que en Europa desapareció, casi por completo, después de Helmut Kohl, Françoise Mitterrand y Felipe González. Semejante vacío obró a favor del ascenso solitario de Merkel. El presidente francés les dice a quienes reclaman el fortalecimiento de los nacionalismos, de manera categórica: El problema no es Europa, sino la falta de Europa. Pero de una Europa solidaria como la que intuyeron De Gaulle, Adenauer, Churchill. Y remata lúcidamente: “Lo peor ya ha pasado, pero lo mejor no ha llegado todavía. Tenemos que construirlo entre todos”. Eso fue lo que le sucedió a Europa: últimamente la venían construyendo unos pocos.

*Exsenador, profesor universitario, atm@cidan.net

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