Por: Luis Carvajal Basto

Europa: el lobo asoma sus orejas

La explosión de nacionalismos, incluida la que ocurre en Cataluña, ya no puede observarse como una sucesión de hechos aislados. Se parece más a una tendencia para replantear el vacilante orden mundial de la pos guerra. ”Los demonios del Brexit se fueron a vivir a Cataluña” me dijo un querido amigo. Se puede añadir: y a Norteamérica y a todas partes.

Cuando, luego del referendo que aprobó el Brexit, el entonces candidato Trump propuso la construcción de un muro en la frontera con México, a todos nos pareció un hecho exótico o un anzuelo electoral. Pero la reafirmación de su visión nacionalista superó desde el gobierno  lo anecdótico y se está convirtiendo en políticas que generan  gran  incertidumbre. Eso mismo está ocurriendo con la renegociación del NAFTA y del pacto  Integral de Acción Conjunta, firmado  con Irán en 2015.No ayuda en un mundo aún convaleciente luego de la crisis de 2008.

En los dos casos se trata de acuerdos que requirieron gran esfuerzo de la comunidad internacional. En el primero, la construcción de un mercado ampliado con claros beneficios para los participantes. En el segundo, el resultado de muchos años de esfuerzos que involucraron a los países con asiento permanente en el Consejo de seguridad de la ONU y Alemania. Salvo el gobierno Trump, con una fuerte oposición demócrata, todos los demás afirman que el acuerdo se está cumpliendo satisfactoriamente, incluida la Agencia Internacional de Energía Atómica responsable de su verificación.

Antes de eso hemos presenciado una fuerte disrupción entre la globalización, de una parte, y el Estado Nacional y nuestro régimen político, la democracia, de otra. El adelgazamiento fiscal de los gobiernos, consecuencia de la deslocalización mundial de la producción, comenzó a cortar las alas de los estados democráticos  al reducir su capacidad de cumplir sus objetivos; de implementar  políticas redistributivas; de jalonar la economía cuando fuese necesario. La regla fiscal, extendida como norma, dogma y epidemia, ha hecho el resto.

El concepto de democracia ha evolucionado, de uno fundamentado en  principios puramente nacionales a la incorporación de los Derechos Humanos como cimiento. Pero, por otra parte, las instituciones de carácter global, que deberían fijar unas reglas de juego mínimas en la globalización, no lo hicieron; al menos no suficientemente, como para integrar las funciones del Estado Nacional con un entorno global. No fue solo la crisis iniciada en 2008 la que restó capacidad de acción a los gobiernos. La debilidad fiscal, ya estructural, hizo su parte. El descrédito de la buena política, casi universal, vino de la mano del conocimiento, gracias a la transparencia posible por las redes y la tecnología, de extendidos casos de corrupción. La consecuencia natural de todo esto debería ser el desmonte del Estado de Bienestar a la que Europa se ha resistido y resiste.

El proyecto Europeo reivindica dos principios incontrovertibles, histórica y  reiteradamente probados:1) el aprovechamiento de la especialización, que permite a todos los países utilizar de la manera más conveniente sus recursos, y 2) los beneficios del mercado ampliado que hacen posible ampliar el horizonte de esa especialización, aun con las limitaciones al flujo de personas, pero no del trabajo lo que se consigue a través del libre flujo de bienes y servicios. Una etapa superior de integración, la unidad política, proscribe las guerras que ya costaron dos conflictos globales. Europa tiene razones para persistir.

El retorno de nacionalismo y proteccionismo desconoce bondades del libre comercio, como su aporte en la estabilización mundial de la inflación y el surgimiento de un modelo que, de manera cierta, afectó los estados nacionales pero permitió reducción global del costo de los salarios y la estabilización de utilidades. Los sectores bajos y medios, en todo el mundo, pudieron acceder a niveles de consumo  no imaginados hace pocas décadas. Es imposible volver al pasado con argumentos de mentiras, como la construcción de muros, o populistas, como la defensa del trabajo nacional. Si el mercado y la estructura productiva mundial cambiaron,  más vale que, en ausencia de unas reglas globales, cada país se vaya acomodando y reclame comercio justo quien se sienta perjudicado.

La Unión Europea es una victoria de la razón sobre unos intereses patrioteros  que ocasionaron miles de millones de víctimas. Una respuesta ordenada, consensuada, democrática y Humana a las transformaciones  en el orden mundial. La resurrección de nacionalismos, por el contrario, es una renovada amenaza; la eventual liquidación del NAFTA, un freno al libre comercio; lo de Irán y Cataluña es, por donde se mire, anti europeo. Sumados, dejan ver  las orejas del lobo feroz de la confrontación y la violencia  que se nos puede venir.

@herejesyluis

 

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