Por: Salomón Kalmanovitz

Europa se derrite

Es sorprendente la imprevisión con que se construyó la unión monetaria europea: un banco central ortodoxo sin la existencia de instituciones cruciales como supervisor bancario, seguro de depósito y un fondo de garantías que rescate o intervenga bancos en problemas.

La visión con que se construyó la unión fue ingenua y ahistórica, pues no consideró que surgirían necesariamente crisis económicas y financieras.

Los europeos creyeron a pie juntillas lo que afirma la teoría económica neoclásica, radicalizada por corrientes como la de expectativas racionales, de que no existe posibilidad de que se generen crisis financieras y generales periódicamente. La desregulación y la política monetaria laxa de Estados Unidos fueron adoptadas con mucho entusiasmo por toda Europa, careciendo de las instituciones que lograron frenar la debacle financiera de Wall Street.

El Banco Central Europeo es tan conservador que no incluye entre sus funciones ser el prestamista de última instancia del sistema financiero. En situaciones de corrida de depósitos de un banco cualquiera, el asegurador de los depósitos y el banco central deben aportar los fondos requeridos para neutralizar el pánico de los depositantes. Si el banco no los puede repagar, pasa a ser estatizado.

Lo que sucede en la crisis financiera de Europa es que el banco central les presta a los gobiernos que responden por los fondos, los que a su vez trasladan al sistema bancario en problemas. De esta manera, la crisis financiera agrava la crisis fiscal, pues el gobierno no sólo recauda menos impuestos y debe gastar más, sino que le corresponde asumir las pérdidas bancarias.

Si el lector piensa que el título de esta columna exagera, debe considerar que lo ratifica un documento reciente del Fondo Monetario Internacional. “Los vínculos perjudiciales entre deuda soberana, bancos y la economía real se han fortalecido más que nunca. Los mercados financieros vienen fragmentándose a lo largo de las fronteras nacionales… la Eurozona es disfuncional en su forma presente: una moneda común medio respaldada que extiende el contagio como un incendio imparable sin la máquina de apoyo que pueda contener la conflagración… mientras está suficientemente integrada para permitir que los problemas crecientes en un país se contagien a otros, carece de la flexibilidad económica y de las herramientas de política para detener la extensión de la crisis”.

El informe continúa así: “la mayor parte del sur de Europa está en grave riesgo de una espiral deflacionaria de deuda, mientras que los peligros son encubiertos por los políticas de austeridad… este medio ambiente deflacionario en gran parte de la periferia hará difícil reducir en muchos países el enorme peso de sus deudas”. Para rematar, el euro se ha mantenido fuerte, gracias a la posición superavitaria de Alemania, lo cual impide que el sur de Europa pueda contrarrestar su contracción económica con mayores exportaciones.

Es Alemania también la que insiste en que la emisión a favor de los bancos sea respaldada por cada uno de los gobiernos quebrados, porque le teme a la inflación y a que el contribuyente germano pague por la crisis, lo cual no tiene sustento alguno. Lo cierto es que de no cooperar más para que los países más afectados se recuperen, se construyan instituciones de salvamento financiero y se ejecuten políticas fiscales y monetarias expansivas, toda la región se verá arrastrada y el resto del mundo también.

 

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