Por: Carlos Granés

Europa y las malas ideas

LA HISTORIA HUMANA SE ESCRIbe día a día con las buenas y malas ideas que somos capaces de pensar. No hay nada más esperanzador.

Saber que nuestro destino está en nuestras manos, que somos nosotros quienes podemos crear las instituciones, códigos e ideales que nos regulan y orientan sobre el mundo, nos da fuerza y confianza para actuar en beneficio de nuestros mejores intereses (cómo ponernos de acuerdo es otro tema). La zozobra surge cuando, de un momento a otro, las malas ideas parecen cobrar inusitada legitimidad y empiezan a persuadir a quienes ocupan cargos de poder.

Esa es la sensación que transmite hoy en día Europa. El lugar donde surgieron las mentes filosóficas más lúcidas, los artistas más imaginativos y los escritores más ambiciosos, a la hora de gestionar la crisis financiera que estalló en 2008 parece estancarse en medio de vacilaciones e ideas poco prometedoras. La más reciente ha sido detonada por la quiebra de los bancos chipriotas. Aquella isla, cuya población representa un porcentaje mínimo de la ciudadanía europea, está poniendo en jaque al invento social más ambicioso de la historia: la unión política y económica de un grupo de países que durante siglos se aborrecieron.

En medio del pánico y de la confusión, ha empezado a ganar fuerza la idea de que no sólo los dueños y accionistas del banco, sino los depositantes, deben ser quienes asuman el costo del rescate. Esta idea es tan mala como la de ofrecer indemnizaciones millonarias a los ejecutivos de la banca que pierden su trabajo. A los ahorradores se les empezaría a penalizar por hacer lo sensato —ahorrar los dividendos de su trabajo en lugar de despilfarrarlos—, de la misma forma que a los banqueros se los premió por tomar riesgos elevados —apostar sabiendo que si arruinaban a su compañía cobrarían un cheque millonario—. La segunda idea incitó a la irresponsabilidad. La primera pone en duda uno de los fundamentos de las sociedades europeas: el pacto implícito de confianza entre los ciudadanos y sus instituciones.

Europa está lejos de ser una Arcadia. Grupos de neonazis se ufanan en sus calles, la homofobia detona manifestaciones multitudinarias, el nacionalismo aúlla cada vez que se oscurece el cielo europeo, la frivolidad de la política-espectáculo genera caos y la corrupción corroe a los partidos políticos, las monarquías y los sectores productivos. Aun así, los ciudadanos confían en que el contrapeso de poderes y la solidez de sus instituciones revertirán los ciclos económicos, aguarán los extremismos políticos, frenarán el aventurerismo populista y garantizarán que la corrupción no haga metástasis simultánea en todos los órganos de la sociedad. Pero esto se debe a que el sistema es previsible y ofrece reglas de juego claras que permiten a los ciudadanos proyectarse hacia el futuro. En el momento en que ese pacto se rompe, surge la incertidumbre, la fuga de capitales y la deslegitimación ciudadana. Es decir, se fractura la argamasa que cohesiona las sociedades europeas. Todo eso viene ocurriendo desde 2008, y las malas ideas siguen echándole leña al fuego.

 

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