Por: Cartas de los lectores

Eutanasia, aborto, católicos

En los años ochenta del siglo XX, Paul Milliez, gran autoridad en hipertensión y figura pública de la intelectualidad católica de Francia, y Alexander Minkowski, especialista en psiquiatría infantil, ateo de origen judío y de ideas liberales, respondieron las mismas preguntas sobre temas científicos, educativos, políticos y éticos fundamentales para la profesión de Hipócrates en las sociedades contemporáneas.

De allí salió un libro que se llamó Une certain idée de la Médecine. Lo interesante son las coincidencias en las respuestas de estos dos “mandarines” —como se denomina en Francia a los médicos en el pináculo de una vida profesional sabia e influyente—, situados en orillas ideológicas tan distintas. Para el caso de este breve recuento interesa Milliez, quien fue además amigo personal del papa Juan Pablo II. 
 
Afirma Milliez haber discutido en varias ocasiones con su amigo pontífice el tema de la eutanasia y del aborto, a los cuales se ha opuesto obstinadamente la Iglesia de Roma, mientras que el galeno se mostraba partidario de su puesta en práctica en las ocasiones que circunstancias tecnocientíficas y humanitarias lo justificaran. Le decía a Juan Pablo II que no entendía el porqué de tal obstinación por mantener y preservar la vida en momentos en que no era más que dolor y condenación a la infelicidad. No lo entendía, porque para el católico su verdadera “patria” está más allá de la muerte. Sería, pues, un acto cristiano y misericordioso evitar lo insufrible que, de ninguna manera, forma parte necesaria de la economía de la salvación. Y más cristiano aún permitir que el fiel que está en esas circunstancias llegue al cielo más temprano que tarde y pueda contemplar la divinidad, además de permanecer allí eternamente sin los dolores que conoció en la vida, de lo cual se trata fundamentalmente la llamada salvación que ofrecen las religiones. Narra Milliez el conmovedor caso de una de sus pacientes que le pidió el aborto, al que él se negó como lo prescribía su Iglesia. La paciente no volvió a consulta y después el médico se enteró de su suicidio: una vida menos sumada a la que llevaba en el vientre, más la desgracia de su marido, de su amante y de sus cinco hijos que quedaron huérfanos de madre. Remata afirmando que si ella le hubiera expuesto su situación, él le habría practicado el aborto sin dudarlo. De eso es que puede tratarse, quizá, la caridad cristiana.
 
Néstor Miranda.  Bogotá.
 
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